EN BLANCO
Sexo débil
CÁSPITA, hablando mal. Por una vez y sin que sirva de precedente, las últimas noticias científicas vienen a darme la razón en que el sexo femenino, dotado de una eterna e irresistible combinación de arrobo y picardía, está más evolucionado y es por tanto superior al masculino en su reseña genética. La costra de los prejuicios más rancios, heredados generación tras generación, consideraba a la mujer como una suerte de gallina clueca sumida en un universo de funciones religiosas, labores de costura, guiños de abanico e interminables horas ante los fogones. Un ser angelical imbuido de un barniz de dulzura, fragilidad y decoro, complemento imprescindible para maridos virtuosos y honrados padres de familia. Estereotipo bastante tontorrón y corto de vista, cuya relación con la realidad es similar a la de la música con respecto a la música militar. Es decir, poca cosa. Antropólogos con el calibre de Desmond Morris afirman, muy al contrario, que las féminas cobijan en su interior un cóctel de perseverancia, disciplina y ambición, pudiendo convertirse en ciertos casos en auténticas Mary Poppins militarizadas. Y con respecto a su organismo, además de presentar espléndidas hechuras, se ha perfeccionado hasta extremos que el llamado sexo feo nunca llegaremos a alcanzar. Las mujeres están ganado la batalla de lo cotidiano en todos los campos, y ello sin necesidad de utilizar esos recursos marisabidillas a los que alude el obsoleto imaginario machista. El mundo ya es su teatro de operaciones, y en el eterno match entre hombres y mujeres los varones debemos reconocer que se han hecho con el juego, el set y el partido.