Diario de León
Publicado por
VICENTE PUEYO
León

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EL PRESIDENTE Jacques Chirac dirigió el pasado martes a sus compatriotas un meditado mensaje de dos caras. Un mensaje que, en alguna medida, refleja esa especie de esquizofrenia que atraviesa la sociedad occidental y opulenta que bascula entre la necesidad de salvaguardar los beneficios del orden socio-económico y la incapacidad para subir al mismo carro al cada vez más amplio club de marginados y desintegrados cuya punta de lanza son los quemacoches a ritmo de rap. Animaba Chirac a sacar lecciones positivas de la crisis de los barrios y subrayaba los esfuerzos que está haciendo y se dispone a hacer su Gobierno para ir mejorando las condiciones de los más desfavorecidos y contribuir así a una mayor cohesión social. Pero también advertía de que no se podía transigir con determinados principios ganados a pulso comenzando por la necesidad de respetar la ley, las reglas de juego. Ciertamente la insufrible violencia de los quartiers cierra su ciclo en un monumental cabreo destilado en casa del chapista o en el ambulatorio pero también es cierto que ha puesto a flor de piel las contradicciones de una sociedad tan enajenada en torno al ídolo del bienestar que es incapaz de ver que tiene a su alrededor una bomba de relojería. Y cada vez está más claro que no son «los políticos» sino el individuo y la célula familiar los que tienen la posibilidad de cambiar las cosas. Bien están las medidas oficiales pero la crisis de autoridad (nada que ver con el autoritarismo) está a pie de obra: en la capacidad de cada uno para la solidaridad, en las familias y en los colegios. Hay crisis que son demasiado importantes como para dejarlas en manos de los políticos.

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