CON VIENTO FRESCO
Los nuevos escamots
ESTOS DÍAS, en Madrid y Barcelona, han hecho acto de presencia una nueva versión, más chusca pero no menos estridente, de los escamots del tiempo de la República. Los escamots fueron una organización paramilitar de Esquerra Republicana de Cataluña, dirigidas por Josep Dencás, que, sedicentemente de izquierdas, adoptaban métodos de lucha fascistoide. Eran separatistas violentos, una especie de camisas pardas a los que les gustaban los uniformes, los desfiles y sobre todo el hacerse notar atacando a todo el que discrepara de sus ideas y sus actos. Solían practicar acciones de castigo contra periódicos españoles o no suficientemente antiespañoles, con la permisividad o aquiescencia de las autoridades catalanas pues eran un medio de presión ante Madrid. Aunque llegado el momento, por ejemplo en la guerra, fueron mas bien cobardes y pusilánimes, no dejaron de crear una tensión política que a veces, como en los sucesos del 34, se hizo insostenible. Como entonces, un grupo de jóvenes de Esquerra, con monos amarillos y la cara cubierta con máscaras, con dos diputados al frente, los inefables Joan Puig y Joan Tardá, se encadenaban la otra semana a las puertas de la Cope, en Madrid, para exigir el cierre de esta emisora de radio. En una pancarta en catalán expresaban su vehemente deseo de «acabar con la cadena del odio», justamente cuando cientos de personas hacían cola para firmar un manifiesto de apoyo a la misma, en un momento en el que la Generalidad de Cataluña, con la complicidad del Gobierno español, busca arrebatar a la Cope sus emisoras en aquella autonomía; algo que por cierto ha paralizado por ahora el tribunal constitucional. Que hablen de odio aquellos que lo respiran contra todo lo que signifique España es de un cinismo insufrible; que hablen de libertad los que atentan constantemente contra ella es ya una perversión del lenguaje. No han acabado ahí las cosas. La pasada semana, gentes de Esquerra pintaban las fachadas de la Cope en Barcelona con insultos y, lo que es más curioso, la de la sede del periódico El País con un «fuera españoles». Esto último viene a demostrar la verdad de aquel refrán que dice que quien siembra vientos recoge tempestades. Ignoro qué es lo que excita más el odio de los republicanos catalanes, en connivencia con algunos de otras partes de España, si la defensa que esta red de emisoras hace de la Constitución y sus críticas al Estatuto de Cataluña, o el ser una cadena de la Iglesia. Creo que es esto último. El objeto de odio fanático es, por una parte, la Conferencia Episcopal por contar con unas emisoras que se ha convertido en las más escuchada del país, y porque mantienen un discurso coherente en defensa de la unidad de España y contrario al populismo demagógico, que en materia social, ha impuesto el gobierno socialista. Pero por otra, son los directores de algunos programas de la Cope quienes más odio concitan, pues con formas a veces discutibles, están mostrando cada día la realidad terrible de los políticos catalanes no sólo en lo del Estatuto, sino respecto a la corrupción que amparan y de la que se benefician. No existe ningún lugar en Europa occidental donde la corrupción alcance extremos tan alarmantes como en Cataluña, ni existe una comunidad donde la presión de los nacionalistas sobre la lengua castellana haya llegado a extremos más fascistas. Nadie, excepto la Cope, se atreve a criticar esta ausencia grave de libertad. Hay un acuerdo ominoso de silencio en los medios que sólo la Cope denuncia. Por eso quieren callarla, forzando dolosamente la legalidad, o bien por la fuerza por medio de esa banda de la porra que son los nuevos escamots de la Esquerra. Los políticos catalanes no soportan la libertad y la crítica; quieren que, por el miedo, todos acepten su dominio ideológico y su corrupción. Por eso no soportan que un medio libre levante la voz y los denuncie públicamente. Y lo que aún menos soportan es que además sea una cadena cada día más escuchada. 1397124194