TRIBUNA
Los obispos pueden y deben hablar
NO SOY OBISPO, gracias a Dios. Ni acomplejado religioso. Ni monomaniático, obsesivo, venático o enajenado antirreligioso. No tengo miedo a Dios, que sí existe ¡Lo sabes tú muy bien, especialmente cuando en el silencio sientes el latido de tu espíritu! Tampoco hay razón para temer a lucifer ¡Pobre diablo! Pero sí son de temer los políticos del diablo, cuando se vuelven críticos testarudos y te callas por prudencia, complejo o cobardía. Este es un prolegómeno que considero necesario antes de hablar, como cualquier ciudadano español, de un problema nacional tan importante como es la enseñanza. Señores políticos, depongan sus psicosis, delirios y complejos. También sus intereses personales y de partido. Si no pueden, les recuerdo el primer mandamiento de la vida social que simboliza y explica, «no estorbar». Como no son zafios ya saben cual es su obligación. Recuerden que los sabios y prudentes solucionan los problemas, mientras que los tontos los complican. Que los españoles no son tontos y saben leer entre líneas. No busquen soterrar el problema, desviando la atención del pueblo, condenando a los señores obispos por defender los principios de su credo, aplicándoles sus propias, de ustedes, tachas y lacras, llamándoles mentirosos. Con ello nos dan la impresión de que ustedes padecen tiritona mental y espiritual. Proclamen sus ideas con plena libertad y dejen que los demás hagan lo mismo. También los señores obispos. En primer lugar, todo ciudadano español, en una democracia genuina, tiene los mismos derechos, puros e ilimitados, basados en la naturaleza y en la Constitución, para hablar e intervenir, en todos los estratos nacionales y a todos los niveles. La Iglesia católica, como toda otra confesionalidad, de credo o moral diferente, siempre que no esté prohibida por las leyes, pueden hablar, exponer su doctrina, defender sus ideas y verdades, manifestarse y luchar con dignidad para proteger los derechos de su entidad, corporación, colectividad o sindicato con todos los medios legítimos y a su alcance legal. ¿En qué ley se apoyan para condenar la asistencia de los cristianos, como cristianos y como ciudadanos, y más de los Obispos, que lo son igualmente, a una manifestación contra una ley lesiva, torpedeante, insidiosa, y callejera que pretende guillotinar la formación religiosa de sus miembros, sobre todo de sus jóvenes? No otra cosa se pretende al colocar la enseñanza de la religión fuera del horario de clases, sin valorar el grado de cultura que su enseñanza representa. La ley propuesta nos revela en primer lugar, el estado espiritual enfermizo y canijo de sus promotores. En segundo lugar las intenciones sórdidas y cicateras de ciertos políticos, dizque cristianos, pues están bautizados, en la religión a la que pertenecen, y que no pueden olvidar. Al sentirse incómodos reaccionan como hijos díscolos y sueltan sus melenas hablando mal de su madre, como si se tratase de una madrastra. Los Obispos, han asistido a una manifestación, contra una ley intencionadamente presentada, para ir poco a poco carcomiendo a la misma Iglesia, creyendo que algún día podrán acabar con ella. Amigos políticos cristianos no practicantes, que han incurrido en la herejía del siglo XX, ser cristianos no practicantes. No vivan en contradicción constante, si no la practican olvídense de ella, pero no luchen contra ella. Reflexionen sobre la firmeza de la Iglesia. Napoleón orgulloso, pidió al cardenal de París que comunicase al Papa que tenía que estar en su coronación, y que él mismo sería quien le colocase la corona imperial. El cardenal le advirtió que probablemente no aceptaría. «Pues dígale que si no viene destruiré la Iglesia». Y el purpurado, con una sarcástica sonrisa le contestó, «no le será posible, piense que si los cristianos de dieciocho siglos no la hemos podido destruir, menos lo podrá el emperador francés». Y, por supuesto, menos una política rojinegra. Escuché una vez al ministro Caldera amenazar a los sacerdotes con quitarles el sueldo, porque decía, hablan de política en el púlpito. Bien ¡y qué! ¿qué ley se lo puede prohibir, y cual le autoriza a usted para condenar a un padre por hablar a sus hijos, en su casa, de aquello que crea conveniente o necesario? Pienso igual que usted, la misión directa de los sacerdotes no es hablar de política en la iglesia, pero cambian las circunstancias, cuando los políticos se extralimitan en sus funciones y ponen celadas, anzuelos o emboscadas contra la Iglesia. En estos casos, toda autoridad cristiana sea sacerdote, sea obispo, sea ministro de Estado, sea profesor o zapatero, o simplemente sea cristiano, todos tenemos la obligación grave de deshacer, siempre con mesura, pero con contundencia, las patrañas de los mamelucos y mosqueteros endiosados que, dicen no creer en Dios pero les asusta su sombra. Para terminar el párrafo le diría al señor Caldera, que si esa es la razón para quitar el miserable sueldo a los sacerdotes, hágalo, pero por la misma sinrazón, España debería quitarle a usted su abultado, pingüe y excesivo sueldo desde hace mucho tiempo. Qué nos parecería, si con esa misma policía, se les ocurriera condenar o llamar mentirosos a Cándido Méndez o a José María Hidalgo, o criticarles por asistir a una u otra manifestación política, cuando en función de sus cargos defienden los derechos de sus sindicatos. Tienen pleno derecho. Los obispos también. Pues reflexionen amigos políticos, el Sindicato de la Iglesia católica de España tiene más adeptos que todos los demás sindicatos juntos. Señores políticos inconsecuentes, no nos obliguen a tratarles a ustedes, con toda lógica, de lo mismo que ustedes atribuyen falsamente a los obispos de la Iglesia Cristiana, Católica, Apostólica y Romana. Para terminar, dando así tiempo a la reflexión, quiero recordar un buen consejo que recogí de un periódico de Madrid, dos días atrás, en el que el señor Bono, ministro del Gobierno español decía, y voy a tratar de generalizar sus palabras con unos puntos suspensivos, para hacer verdadera su afirmación: «Se debe gobernar y hacer oposición¿, de forma que no nos obligue a instalarnos en la enemistad y en el odio político». El repunte periodístico, por tanto no es mío, pero lo suscribo, termina con estas palabras del redactor: «Lástima que no añadiera: como yo, y no como Teresa Fernández Vega, que va amenazando a mis obispos con dejarles sin un duro».