Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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DESVELARÉ mis cartas desde la primera línea: mi padre murió por efecto del tabaquismo, por tanto, lo único que puedo lamentar de la actual restricción es que no hubiera sido decretada muchos años antes, aunque el veneno negro ya le había ganado la batalla mucho antes de asestarle su último zarpazo. En las sociedades con las que podemos compararnos, las medidas contra el tabaco han sido aceptadas como una positiva protección de la salud pública contra un producto mortífero, perversamente elaborado para crear adicción con aditivos cancerígenos. Sin embargo, en nuestro país, donde tanto abundan los catedráticos en nada, algunos son capaces de gritar viva la muerte,  la suya, y la de los demás. Como ya habrá imaginado el lector, no fumo, aunque nunca me ha molestado que lo hagan en mi presencia. Puedo admitir que mi padre era ya un caso perdido, pero me cuesta aceptar que los adolescentes y los jóvenes tengan también que serlo, convertidos en protagonistas de una crónica de muerte anunciada. Presencié a mi padre pedirme un cigarro por señas mientras estaba conectado a la bombona de oxígeno, luego, que no me cuente nadie cuál es el final de la historia, pues ya me lo sé. Es una droga legal elaborada para crear consumidores esclavos. Puedo admitir la dependencia que padece el fumador, pero no que me digan que el intolerante soy yo, ni convirtamos a la víctima (el fumador pasivo) en verdugo. He visto  mi padre depender de un pitillo, agotarse por recorrer veinte metros andando, luego, no es necesario que me cuenten en final de la historia...  ya me lo sé.

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