AL TRASLUZ
Una verdad
CUANDO la estupidez hace un triple mortal sobre sí misma se convierte en horror. Los políticos nacionalistas catalanes ya no se conforman con hacer el pino sobre el trapecio, ahora han quitado la red. Y ahí los tenemos, deslizándose hacia la prehistoria que ellos llaman futuro. Personalmente, ya me importa poco si el término nación aparece en el preámbulo del Estatut o en el texto, en la letra pequeña, en grande o escrito en tinta invisible... el nacionalismo es un discurso de superioridad y nadie quiere ser mirado por encima del hombro, y menos por quien es más bajito. Soy pesimista sobre el futuro de Cataluña, consigan o no sus objetivos; y me refiero tanto al económico, como al espiritual, pues, digámoslo ya de una vez, el silencio es cómplice y crea charcas de ignominia. Muy mal tienen que andar las cosas cuando llaman fascista a Boadella. No hay que tener el don de la profecía para interpretar las tristes secuelas que todo esto traerá. Las heridas invisibles, las suyas y las nuestras. Las absurdas e innecesarias heridas invisibles, por las que sangran espejismos. Y todo ello, porque unos políticos quieren salir en lo sellos y unas familias ricas quieren ganar más. No había necesidad real de alimentar el discurso del agravio, el anhelo de autogobierno, razonado además con principios económicos ajenos a las convicciones de izquierdas. También podría suceder que ya no entiendo nada, ni siquiera mi idioma. Pero hay algo que sí sé, un adagio castellano: Nadie es más que nadie. Es castellano... y universal porque es verdad, aquí y en Turulustán.