LA VELETA
Viaje a la frontera
MIENTRAS Rodríguez Zapatero visitaba ayer la ciudad de Melilla como presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy realizaba simultáneamente, como líder de la oposición, dos tareas de muy alambicado aliento moral: presidir en Cádiz una mesa petitoria de firmas contra nadie sino a favor de que España sea una y todos los españoles iguales, y azuzar a Zapatero, de cuyo patriotismo duda, para que, en defensa de la españolidad de Ceuta y Melilla, «sea claro, contundente y entendible». No era el día más indicado para que el líder del PP lanzase parabólicamente sobre el Estrecho de Gibraltar a Zapatero sus acusaciones habituales sobre los riesgos que corre España, «metida en una dinámica que no entiende nadie», y en vez de plantearse el presidente del Gobierno «adónde vamos, está planteando de dónde venimos y qué somos». ZP se habría embarcado, a la luz de lo dicho por Rajoy, en una aventura metafísica que, ayer concretamente, hacía escala en Melilla, y la hará hoy en Ceuta, dos ciudades españolas en el vecino continente africano. El hecho de que esos dos trozos de España estén situados en un continente distinto al del territorio peninsular supone ya, ab initio, un problema que en ningún momento desaparece de las relaciones hispanomarroquíes. Relaciones difíciles, a las que otros jefes del Gobierno español, como González, Calvo Sotelo y Aznar, no se han atrevido a deteriorar visitando oficialmente nuestras dos ciudades norteafricanas. Zapatero tal vez no sea más gallardo que sus antecesores, pero posiblemente tenga un sentido de la realidad menos condicionado por tabúes o por ancladas certidumbres que ellos, y actúa como si todo admitiera revisión intelectual, y su visita a Melilla y Ceuta pudiera anunciarse con meses de antelación, como así ha sido. Sería arriesgado decir si ZP ha satisfecho los deseos de Rajoy y ha hablado en Melilla de modo claro, contundente y entendible, pero puede asegurarse que la claridad y la contundencia persuasiva del programa de inversiones minuciosamente expuesto por Zapatero en la primera de las dos ciudades visitadas tiene más validez política que un discurso emocional a los postres. Y es que el patriotismo es muy difícil de definir y de otorgar. No se desmembra España, ni por Cataluña, según parece a la luz de las correcciones al proyecto estatutario inicial, ni por el continente africano, donde nuestras dos ciudades han recibido esa garantía de españolidad que suponen sendos programas de inversiones ambiciosas y plausibles. Mientras el gran problema de inmigración se enmarca, además de en la colaboración hispanomarroquí, en la política migratoria de la UE. Con Marruecos, obviamente, de necesario colaborador.