PANORAMA
Que la cambien
CLARO QUE se cumple estrictamente la legalidad. Faltaría más. Y que no se sigue ningún criterio político en las decisiones. Hasta ahí llegamos. Pero aun con legalidad y todo, no alcanzamos a comprender nada de lo que está ocurriendo y de lo que va a ocurrir con los asesinos etarras que cumplen condena en las cárceles españolas. Y lo peor de todo es que lo venimos padeciendo desde hace tiempo, porque la situación no es nueva. Es, exactamente, la de siempre. Setenta asesinos etarras van a volver a pasear nuestras calles, en los próximos meses. Otros trescientos lo hacen ya con absoluta normalidad. Alguno incluso regenta una cristalería en el mismo edificio en el que vive una de sus víctimas y cuando se le pregunta por su arrepentimiento, se muere de risa. Muchos de los que han salido o lo van a hacer lucen un historial estremecedor por sanguinario. Y aún así, dentro de poco podemos encontrarlos tomando las copas a nuestro lado. Lo de Henri Parot, que con una condena de 4.900 años va a cumplir apenas 20, ha servido para reabrir la caja de las sorpresas. Ocurre cada cierto tiempo cuando alguien se da cuenta de que lo estamos haciendo fatal. Y entonces se monta una escandalera tremebunda porque unos jueces entienden que las penas pueden acumularse, y otros creen que no. Y nuestra clase política aprovecha para echarse en cara todas las miserias que se tenían guardadas. Y todos los demás nos hacemos cruces asustados al comprobar en manos de quiénes estamos. Porque aquí lo que menos importan son las víctimas y los parroquianos de a pie. Los que entendemos más bien poco de argumentaciones jurídicas, de fondos de recurso y de autos de suspensión, y que somos tan simples que lo único que sabemos es que un tipejo que se ha llevado por delante a ochenta, tiene que pudrirse entre rejas. Y si hay que cambiar la legislación, que la cambien. Que para eso los vestimos de Armani, y les pagamos las vacaciones.