Diario de León

CUENTOS DEL SIGLO XXI

Las zapatillas de la suerte

Publicado por
VICENTE PUEYO
León

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A MEDIDA que se calzaba las zapatillas Keli Finder que le acaba de traer el mensajero, le inundaba una agradable sensación de bienestar y de confianza en el futuro. No estaba solo. Se sentía carne y uña con el sistema; era como si sus pies tuvieran conexión directa con el despacho de la ministra de la Vivienda. Las zapatillas de la señora Trujillo le iban a traer suerte. Era uno de los 10.300 privilegiados que conectaron a tiempo con la página www.kelifinder.com y que ahora estaban en condiciones de patearse la ciudad sin descanso en busca de piso. Los 32 metros útiles del vetusto apartamento de los años 40, que tenía alquilado a precio de tía abuela, comenzaban a ser un poco agobiantes aunque reconocía que, desde que le abandonó su mujer, había recuperado algo de espacio vital y más comodidad a la hora de utilizar el baño. El matrimonio duró tres años, tres meses y un día. La última frase de despedida, «lo presentía, ahora lo sé: eres un calzonazos», le seguía desvelando. Pero era su día libre y esa mañana salió a la calle dueño de un optimismo irreductible. «Tengo 31 tacos pero aún soy joven, si no la ministra no me hubiera regalado estas zapatillas». Era una especie de radiante Hermes el que se disponía a visitar, bolígrafo en mano, las promociones del más lejano alfoz. Un doctor en Biología como él necesitaba luz, aire, paisaje, naturaleza. Nada de caóticos polígonos. «Adosado, 90 metros, bonitas vistas, 170.000 euros», «A 25 minutos del centro, ocasión, empotrados, 204.000 euros», «Navas de la Era, reformado, coquetón, baño y aseo, 193.000 euros...». No era hombre que se viniera abajo fácilmente pero las 80.000 de las de antes, que sacaba cada mes por 11 horas al día en el hipermercado, se le antojaban escasas. Se hizo tarde y además le rozaba la zapatilla así que decidió volver a casa. Ya cerca, en la acera de los juzgados, le venció la tentación futbolera y le propinó un patadón a una caja de cartón abandonada. Se despertó, doce horas después, en la uvi del Hospital. Tenía destrozado el escroto y le habían amputado por debajo de la rodilla. No puso cuidado. ETA lo había señalizado claramente: «Peligro, bomba».

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