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JUAN F. PÉREZ CHENCHO
León

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POR FIN se ha cerrado la negociación del Plan del Carbón. Ha costado muchos meses: 14 en total. Sólo ha sido posible por la voluntad política, sindical y empresarial. Y por el empujón del presidente del Gobierno cuando las dificultades parecían insalvables, sobre todo tras anunciarlas el ministro Montilla. Cuando parecía que ya estaba totalmente finiquitado, los últimos flecos todavía necesitaron dos meses más para su enhebramiento. A veces, trenzar los flecos es tan laborioso y complejo como diseñar la obra. El Plan asegura la producción de carbón hasta el año 2012 y también una im portante cantidad de dinero, alrededor de 650 millones de euros, para las comarcas mineras de León durante ese período. Ayer mismo, el profesor de la Universidad de León, Enrique López González, publicó en este periódico una densa y extensa «Tribuna», reflexiva y muy lúcida, sobre el carbón. Fue como el saludo de bienvenida al nuevo Plan, aunque desconociera su alumbramiento cuando la redactó. El profesor López González ponía de relieve que el carbón se ha convertido en energía de futuro con las nuevas tecnologías para su combustión. O sea, que la negrura del mineral no se corresponde con el horizonte más próximo. La producción final de carbón contemplada hasta el 2012 será de 9,2 millones de toneladas, de las que León extraerá la mayor parte. A estas alturas, las centrales térmicas de Compostilla, de Anllares y de La Robla, han comprometido las inversiones necesarias para dotarse de equipos anticontaminantes. Con ello se cierra el círculo que permite pronosticar que León seguirá siendo una provincia minera durante muchos años más. Algo que estaba completamente en duda hace pocos años, cuando los más agoreros diagnosticaban el cierre total de la minería porque era cosa del pasado. Es cierto que el sector nunca volverá a contar con el número de mineros de hace 20 años. Tampoco hace 20 años tenía el volumen de empleo de los años 40, del pasado siglo y milenio, cuando Europa se desangraba en la Segunda Guerra Mundial. Fue la época del gran esplendor de la minería leonesa. Llegó a emplear a más de 38.000 mineros. Proliferaban empresas y chamizos en cualquier ladera provincial. Una fiebre extractiva sin precedentes. Vendían todo: hasta las piedras negras. Y a muy buen precio. Todo el carbón leonés era necesario en la cadena de muerte y destrucción. Pero eso es el pasado. No sirve de nada en el presente. Ahora lo que intrínsicamente queda probado con el nuevo Plan del Carbón es que seguirá habiendo minería en León. Y que las cuencas estrictamente mineras tienen que saber aprovecharlo para invertir «in situ» los ingentes fondos de reactivación que se han previsto. Han conseguido, con todo merecimiento, tener preferencia para esos fondos sobre otros ayuntamientos. Ahora tienen que ser capaces de aprovecharlos. Si no lo hacen, en muchas zonas leonesas se reeditarán nuevos «Germinal», esa obra maestra del naturalismo europeo. La luz de la luna pondrá belleza telúrica sobre los paisajes. Sin embargo, no quedarán ojos para contemplarla.

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