CON VIENTO FRESCO
Tiempos de esperanza
LA ESPERANZA es una virtud teologal que, incluso en estos tiempos de secularización creciente, nos habla del anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de los hombres. Muchos no tienen esperanza en el más allá, a lo que se refiere verdaderamente dicha virtud, pero se aferran al clavo ardiendo de una esperanza de que los terroristas de ETA nos perdonen la vida y pongan tregua a sus desmanes. Comprendo a los ciudadanos que, cansados de tanta violencia, ponen su esperanza en manos de unos asesinos, aunque creo que no es esperanza sino ilusión, es decir humo. Yo no pondré la mía en esa tregua porque pienso que los nacionalistas, utilizando las pistolas de una banda terrorista, ya han conseguido sus objetivo, que no es otro que romper España, ningunear la nación española y conseguir la independencia de sus regiones. El primer paso para ello está a punto de consumarse, con la aprobación del nuevo estatuto de Cataluña. Lo único que falta por saber es, no el apoyo de los socialistas a este desaguisado, sino si éstos han sido los auténticos motores del mismo. Hago mío el adagio latino: «La salvación del vencido es no esperar salvación»; es decir, no me resigno. Mi esperanza, e incluso en este caso mi ilusión, la pongo en gentes más cercanas, a las que conozco y quiero bien. Por ejemplo, la pongo en Máximo Álvarez, sacerdote de una parroquia virtual, pero que ya está más cerca de convertirse en realidad. La presentación del proyecto de templo que, el pasado jueves hacía Ignacio Vicens, fue una verdadera delicia porque hemos visto a un gran arquitecto, un profesional de reconocido prestigio nacional e internacional, hablar desde la fe, con pasión, de la obra imponente que proyecta en la Rosaleda. El ayuntamiento de Ponferrada ha sido espléndido, nada cicatero, en la donación del terreno; pero esa generosidad será en el futuro un atractivo más de la nueva Ponferrada, como hoy lo son algunos grandes proyectos de arquitectos famosos en ciudades bien conocidas. La Iglesia, con su obispo al frente, don Camilo Lorenzo, una vez más, como tantas veces en la historia de la arquitectura, ha apostado por un arte de vanguardia, porque la modernidad, cuando encarna rigor y belleza, no está reñida con la espiritualidad que exige el templo, que es casa de Dios, pero tembién lugar de encuentro de los fieles. Mi esperanza se apoya en los más de doscientos comensales que, el sábado, acudimos a León a homenajear a Concha Casado. No diré nada de esta investigadora infatigable de las raíces leonesas, de esta mujer octogenaria que ha sido capaz de mover las voluntades de muchas personas e instituciones para preservar, mediante museos ejemplares, y difundir, por medio de publicaciones muy cuidadas, lo mejor de esa cultura popular leonesa. No diré nada porque de todos es sabido lo que Concha ha trabajado, muchas veces peleando con tirios y troyanos, por la arquitectura popular, el mundo de los artesanos, los trajes regionales, y tantas otras cosas. Con ella estábamos los que teníamos que estar, no los políticos a quien nadie echó en falta, sino sus amigos, los que una vez nos la cruzamos en nuestro camino y desde entonces hemos conocido su sabiduría, su fuerza, su tesón, sus ganas vivir. Por eso pongo mi esperanza no en Concha, porque ella es una realidad, sino en todas esas buenas gentes que han sabido responder, en un acto sencillo y emotivo, a la llamada de los convocantes que, en esto, han tenido un gran acierto. Pongo mi esperanza en Dios que sé que ha acogido en su seno a un hombre bueno, a un sacerdote ejemplar como fue Raúl Delgado, muerto prematuramente y al que ayer recordamos en una eucaristía celebrada en la iglesia de la que fue párroco, allá en el valle de Fornela. Fue profesor de mis hijas en Cacabelos, pero lo conocí años antes, cuando escribí el libro sobre las ferrerías del Bierzo. Me llamó y me informó sobre la de Arnadelo, propiedad de su familia y cuya capilla, deteriorada, restauró a su costa. Desde entonces guardo un grato recuerdo de Raúl. ¡Descanse en paz!.