Diario de León
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FERNANDO ONEGA
León

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JOSÉ LUIS Rodríguez Zapatero vivió ayer su primer día de la segunda parte de su mandato. Ha cumplido dos años en la presidencia, y es para celebrarlo: ha llegado a la primera meta. Esto parece hoy muy elemental, pero no lo era hace veinte meses. Por esas fechas, don Eduardo Zaplana vaticinaba que ahora, en la primavera de 2.006, estaríamos en elecciones. Era todo el plazo de supervivencia que el PP daba a los socialistas. Se comprende que, después de tan negativo vaticinio, los socialistas hayan celebrado los dos años en La Moncloa como un éxito histórico y don José Blanco haya acumulado los mejores adjetivos: gobierno dialogante, sereno, eficaz y moderado. El PP, a su vez, aprovechó el momento para continuar su acción de desgaste: Zapatero, según ese partido, es lo peor que nos ha podido pasar. Como en todas estas circunstancias, hay que repetir el viejo refrán: ni tantos ni tan calvos. Lo que mejor se ha portado ha sido, curiosamente, aquello en que el gobierno metió menos el tenedor reformista: la economía. Lo que provocó más problemas externos, aunque buena imagen interna, su primera tarea propuesta: traer las tropas de Irak. Y lo que suscitó más recelos y división de la sociedad, todo aquello que fue reformado: desde los aspectos sociales a la cuestión territorial. Han sido acciones valientes, incluso osadas, y sólo el tiempo dirá si también han sido inspiradas por el acierto. Con esa incógnita de futuro comienza la segunda parte. El presidente tiene un valor del que carecía hace dos años: es un gobernante discutido, pero consolidado. Entonces era una pura incógnita. Su mayor riesgo actual es transmitir una imagen monotemática de su gestión. Quiero decir: que parezca que sólo se ocupa del problema del terrorismo y de la reforma del estado de las autonomías, entre señales de alarma de disgregación nacional y mientras el país se enfrenta, como todo Occidente, a una nueva crisis del petróleo de imprevisibles consecuencias. Ayer le escuché en la SER. Si yo fuera navarro, me quedaría alarmado: no desmintió que la comunidad foral vaya a integrarse en Euskadi. Si fuera Maragall, me quedaría intranquilo: no hizo ni una promesa de mantenerlo como candidato. Como soy un vulgar contribuyente, me quedo con otros dos mensajes suyos: nuestra economía es la envidia de otros países, y la precariedad en el empleo está a punto de disminuir de forma radical. ¡Si supiera Zapatero lo bien que sienta a este país escucharle esas cosas, y no tanta palabrería sobre una democracia que nadie discute! Si lo supiera, las repetiría más. Y a lo mejor, el país empezaba a ver el horizonte con la misma tranquilidad que él. No digo satisfacción. Digo, simplemente, tranquilidad.

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