Diario de León
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FERNANDO ONEGA
León

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LA MEMORIA del pasado vuelve a dividir a los españoles. Al menos, a su clase política. Se pudo comprobar ayer en el Congreso de los Diputados. Se votó la proposición que declara a 2.006 Año de la Memoria Histórica, en 75 aniversario de la II República, y la Cámara se partió en dos: a un lado, el PP; al otro, el partido del gobierno y todos los que suelen votar con él. Es injusto e irreal decirlo de esta forma, porque ni la España de hoy ni sus fuerzas políticas tienen nada que ver con 1.931, pero no faltará quien piense que se ha reproducido el esquema político de nuestros más dolientes años: a un lado, la España que sufrió menos con el franquismo; al otro, sus víctimas. Insisto: esa lectura no es válida. Pero basta que esté en el ambiente, para pedir cautela a los políticos españoles. No hace tantos días que el presidente del Gobierno retaba al Partido Popular con una profecía: no devolverán a su pedestal la estatua de Franco. No hace tantos meses que hubo que alertar sobre afanes revisionistas que parecían alentados desde el poder. Y hace sólo dos semanas que hemos asistido a una exaltación de la República como si la quisieran presentar como el ideal al que deben conducir los actuales cambios políticos que vive el país. Hay un fondo de reivindicación de un pasado que se hace con toda legitimidad, pero con un problema: hubo víctimas. La memoria histórica es todavía una memoria caliente, con hijos y nietos de esas víctimas y algunos supervivientes. Si hay que llenar este año con el recuerdo y el homenaje, hágase. Pero sin ánimo de revancha. Ni de un bando ni de otro. La República ha sido una gran ilusión colectiva; el mayor esfuerzo antes de la restauración monárquica de 1.975 por modernizar, culturizar y hacer habitable la España del siglo XX. Con esos objetivos congregó en su dirección política a lo más preparado, honesto y presentable de aquella sociedad. Pero se quedó en proyecto. Se quedó en ilusión. Hubo una gran idea, pero no se supo administrar. En el lugar donde había esa aspiración colectiva se fueron instalando las indecisiones, los fracasos, la decepción social, los rencores y la violencia. Desembocó en la mayor tragedia que ha vivido este país. Bajo la disculpa de la memoria, existen riesgos de que alguien trate de reescribir la historia. Hay, sin duda, muchas injusticias que reparar. Muchas honras que devolver. Muchas biografías manchadas por determinada propaganda. Mucho sufrimiento acumulado. No será este cronista quien deje de sumarse a todas esas reparaciones. Pero hágase con cautela y sin abrir nuevas heridas. Si hay memoria histórica, debe ser para hacer justicia, pero también para evitar la repetición de lo que se quiere recordar.

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