Diario de León

TRIBUNA

Discapacidad y personal de atención

Publicado por
Eduardo E. Fernández García
León

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Estamos asistiendo a un cambio demasiado rápido en la teorización y conceptualización del campo de la discapacidad. Se necesita tiempo para la retención y comprensión de los conceptos emergentes. Se necesita decisión, dedicación y disponibilidad para el uso activo de nuevos conocimientos en orden a conseguir una acción educativa coherente desde un aprendizaje reflexivo -que integra pensamiento-emoción-acción- de todo este vasto campo teórico práctico de la discapacidad. La excesiva información cuando no se la procesa se transforma en una carga onerosa, indigesta, donde los conceptos se utilizan como verborrea grandilocuente y como tapadera ornamental de una acción sin convicción quedándose en viejos patrones, regresando a prácticas obsoletas y a conductas de «resistencia» (evitación, quejas, disculpas, considerarse mártires...). Hay que repensar, reformar y cambiar ciertas prácticas «pedagógicas» mantenidas desde la rutina, la comodidad, la ignorancia y la incapacidad, desde la complacencia en el «status quo». Hace falta desprenderse de ciertas etiquetas, de ciertas cosas o aprender a mirarlas de forma distinta para poder adquirir otras nuevas. Hay que desmontar ciertos tópicos establecidos, revisar incluso nuestros esquemas de pensamiento y de conducta y darnos cuenta que las clasificaciones y las categorías han llegado a asumir un poder excesivo en el ejercicio de la profesión. Soy consciente d e que lo difícil es cambiar . Es más fácil quedarse en el «siempre se ha hecho así» o afirmar categóricamente «la antigüedad es un grado...» reduciendo el presente a la mera réplica del pasado. «Sólo los peces muertos siguen la corriente del río». No se puede bloquear el futuro desde la mediocridad dejando a la persona discapacitada envuelta en tareas de simple ejecución, como entretenimiento, «pasar el rato», hacer por hacer algo, con la satisfacción de obrar de buena fe. En educación de personas con discapacidad muchas buenas intenciones no sirven para nada. Si no cambiamos esquemas de pensamiento y de acción creando nuevas condiciones de compromiso y responsabilidad en la emancipación de la persona discapacitada, permitiendo que se exprese en su diversidad y singularidad como individuo creador de significado, estamos perdiendo el tiempo. El profesional, en el área de la Discapacidad, si no quiere convertirse en un discapacitado intelectual permanente, necesita de una formación continua, progresiva y dinámica para poder ejercer su trabajo con responsabilidad y eficiencia. Tiene que esforzarse permanentemente por saber dónde está, qué hace y por qué, cómo lo hace y por qué ha optado por esta profesión. Tiene que ser consciente de que su compromiso educativo es de naturaleza arriesgada. Ha de tomar decisiones continuas en orden a capacitar y contribuir al desarrollo de la persona discapacitada en todas las áreas de calidad de vida. Es un agente activo en el proceso de la experiencia continua. Está comprometido en cada momento en actos de selección y decisión. Las decisiones y selecciones realizadas son cruciales para el desarrollo personal. El profesional es un aprendiz perpetuo que ha de cuestionarse constantemente si respeta los derechos de la persona discapacitada, si en las decisiones tomadas prima el interés de la persona a la que se atiende, de si facilita en todos los ámbitos y dimensiones las condiciones adecuadas para el desarrollo personal, o si por el contrario los comportamientos que consideramos profesionales, están motivados por justificaciones tendentes al paternalismo, la sobreprotección y la compasión, o por ciertos intereses de comodidad, «estricto cumplimiento»... posturas éstas prepotentes que dan por supuesto que se sabe cual es el bien del otro definiéndolo, concretándolo, llegando a imponérselo «por su propio bien», lo que pone de manifiesto que el profesional decide por adelantado sobre las capacidades, los gustos, las necesidades, las preferencias y los intereses sin tener en cuenta la opinión de la persona discapacitada. Hay que plantearse si los servicios y apoyos son prestados de forma individualizada y adecuada, basando en la capacidad y respetando el poder de decisión de la persona discapacitada, o si estamos exigiendo comportamientos normales desde su situación de discapacidad olvidándonos de sus deficiencias e ignorando sus posibilidades reales. Trabajar por la integración, por la normalización, por la autonomía, por la igualdad de oportunidades, por la diferencia y la diversidad, parece que son objetivos claros de todos, pero en ocasiones se insiste más en las deficiencias, en los handicaps, en las etiquetas y clasificaciones que en la persona discapacitada como sujeto de dignidad portadora de derechos y deberes. A los profesionales de atención directa se les exige un alto grado de preparación y competencia, un nivel de empatía adecuado a la persona atendida. Tiene que ser forzosamente optimista y esperanzado para intervenir en la discapacidad como una condición circunstancial cambiante que afecta temporalmente a la persona y que puede variar dependiendo de las ayudas que se proporcionen, d e los apoyos que se dispongan. El profesional, en definitiva, tiene que tener una inteligencia resuelta para trabajar con decisión y persistencia desde la templanza, la ternura y la tolerancia creando una forma de ser, un estilo de vida.

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