AL TRASLUZ
Jaques
UN LEONÉS de nueve años fue el único que consiguió ganarle una partida de ajedrez al gran maestro internacional Francisco Vallejo, en las simultáneas con niños; así es la vida: unas veces das jaque, otras te lo dan. La noticia, que con gran criterio mereció la primera página de este periódico, llevaba dentro otras muchas posibles, de esas que han de ser escritas ya por cada lector. No soy jugador de ajedrez, pero mi padre lo fue hasta pocos días antes de morir; su última partida no quedó en tablas, aunque tampoco estoy convencido de que la perdiera. Supongo que la noche de su victoria, el pequeño se durmió satisfecho y soñó con reyes y reinas, torres invencibles y fieles peones, pero enseguida, porque un sueño conduce a otros sueño, vería elefantes alados y tesoros escondidos, es decir, su mente viajó a territorios propios de su edad, a esas patrias vetadas a los adultos, salvo cuando los golpes revelan que todo, salvo la verdad, es un espejismo. Su logro es una metáfora acerca de nosotros. No se trata tanto de que David pueda ganar a Goliat, sino de que nadie gana o pierde siempre, o del todo, incluso hay victorias más amargas que una derrota. Muchas partidas esperan a Jaime, pero las más importantes a las que habrá de enfrentarse a lo largo de los años tendrá que ganarlas -o perderlas- con el corazón, la única inteligencia que verdaderamente nos jerarquiza ante los demás y, lo que es aún más importante, ante uno mismo. En efecto, unas veces das jaque, otras te lo dan; así es la vida, seas niño o adulto, o ambas a la vez. Ganes o pierdas, hazlo con una sonrisa. Somos tableros vivientes. Y sólo el amor triunfa también cuando ha sido derrotado.