DESDE LA CORTE
La razón, para los pesimistas
ACABO de llegar a una conclusión: quiero ser ministro. Y no por el coche oficial, ni la poltrona, ni nada eso. Quiero ser ministro para responder cuando me preguntan por los comunicados de ETA: «el gobierno no comenta los escritos de una banda terrorista». Diría eso, me sacarían en los telediarios tan genial salida, y a otra cosa, mariposa. En cambio, mientras sea periodista y ETA produzca tan abundante literatura, estoy obligado a leer sus textos, interpretarlos y, encima, castigar a los lectores con el fruto de ese sacrificio. Gracias por su complicidad. Del último comunicado no diré más que lo obvio, que ya ha dicho todo el mundo: que es una patada; una patada a todo, al gobierno, a Zapatero, a los ingenuos, a los optimistas, a los ilusos y a los crédulos que creíamos en los milagros. Si prefieren ustedes leer la palabra patada con una «u» en su primera sílaba, también lo suscribo. Esos tipos no han cambiado. Esos tipos se han propuesto aguarnos la fiesta. Esos tipos se han ungido de dioses y se consideran por encima de las normas del Estado, de la voluntad de los que no piensan como ellos y de la mismísima Constitución. Esos tipos piensan que pueden doblegar al Estado y al sentido común. Esos tipos merecen todos los desprecios porque no sólo quieren imponer sus criterios, sino que, para imponerlos, siguen amenazando con matar. Con matar a cualquiera: a usted y a mí. Su miserable ventaja es que ni usted ni yo pensamos en matar. Al revés: estamos dispuestos a la generosidad, sólo a cambio de que acepten la legalidad. Ni siquiera les pedimos que cambien de ideología nacionalista. Sólo que aparten esas pistolas de nuestra nuca. Hecho este desahogo, os digo: no me sorprende que insistan en la autodeterminación, ni en Navarra, ni que quieran pasar la Constitución por el forro de sus genitales. Lo que me molesta es que den la razón a pesimistas e intransigentes. Lo que me deprime es que también se la den a quienes predican que la democracia se rinde ante ellos. Lo que me indigna es que, si cierran la puerta que ahora les dejan abierta, no habrá ya forma de echar de este país el asesinato y la extorsión como procedimiento de acción política. Lo que me entristece es que no haya forma de tender puentes ni de intentar salidas de diálogo con esos talibanes. Lo que me duele es ver a un bienintencionado presidente que ahora no sabe ni cómo pedir autorización al Congreso para negociar con el ellos. Y a mi esperanza, cada día más estrecha, sólo le queda una luz: que esos mafiosos llamados terroristas hayan hecho ese escrito como tratantes de feria: poniendo el listón muy alto, imposible, para negociar mejor y diciendo, como el gallego, «a baixar sempre hai tempo».