TRIBUNA
Desconfianza hacia EE. UU. Villaquilambre
LA POLÍTICA exterior de Estados Unidos continúa cotizándose a la baja en Europa. En la percepción negativa de las iniciativas externas de la Administración Bush, los españoles ocupan una posición relevante. Estados Unidos siempre ha tenido una imagen muy contestada en nuestro continente. Hay abundantes escritores europeos del siglo XIX (Dickens, Knut Hamsun...) que regresaron de visitar la inmensa nación americana provistos de un torrente de críticas. Stendhal se mofaba de la cultura del país. La decisiva ayuda estadounidense a Europa en la II Guerra Mundial y su posterior protección de Alemania frente a la URSS durante el inicio de la guerra fría trajo simpatía hacia Estados Unidos, pero los derroteros de la política exterior americana en los sesenta, su decidido apoyo a Israel frente a los árabes y, sobre todo, la guerra de Vietnam, empañaron fuertemente la visión que se tenía de Washington y sus dirigentes. La nación americana jugó un papel crucial, con el aquí denostado Reagan, en la caída del muro de Berlín y la explosión de la Unión Soviética. Los desmanes de Milosevic en los Balcanes pudieron ser detenidos gracias al poderío militar estadounidense en momentos en que los europeos eran por sí solos incapaces de frenar al dirigente serbio, pero Estados Unidos ha sacado poco rédito de los dos acontecimientos. O no se reconoce su papel o se remacha que sólo actuaba en defensa de sus intereses estratégicos, que son a menudo tachados de imperialistas. En el pasado, las puyas al gigante americano, el resquemor que suscita, estaban confinados a opinión pública y medios de información. Últimamente, esa suspicacia crítica ha aflorado incluso en labios de dirigentes europeos. Ya no hay tanques soviéticos a pocos kilómetros de las ciudades alemanas u occidentales. El paraguas protector americano ya no es tan necesario. La baja estima hacia la política estadounidense viene recientemente alimentada, además, por dos circunstancias: la guerra de Irak y la figura de Bush. El conflicto iraquí produjo un vistoso rechazo entre los ciudadanos europeos, que se apresuraron a considerarlo una aventura americana en busca del petróleo y a calificarlo de ilegal (curiosamente, los europeos habían aplaudido la intervención en Kosovo, que era bastante más ilegal que la de Irak). Bush, de su lado, levanta ampollas en este lado del Atlántico. Aquí se apostó masivamente por el triunfo de Kerry e incluso en ocasiones en que el presidente americano se sitúa en el centro del espectro político de su país, caso de la emigración, aquí, en Europa, es precipitadamente descalificado. El último año, con el empantanamiento en Irak, el recuerdo de Guantánamo, etcétera, la imagen negativa se ha acentuado. Una encuesta del prestigioso Pew Global Survey muestra que el descenso es en picado. Ha habido una caída de popularidad en 12 de 15 países estudiados y es sorprendente que en China hayan mejorado diversos enfoques de Estados Unidos y entre los aliados europeos hayan empeorado. Diversos sondeos españoles recientes muestran que nuestros compatriotas, un número considerable, estima que Estados Unidos es una amenaza para la paz mundial, no creen a Bush cuando dice que quiere promover la democracia en el mundo, ven el petróleo como condicionante de cualquier posicionamiento de Washington, etcétera. En la encuesta de estos días del centro de investigación Pew, los europeos se muestran convencidos de que la intervención en Irak ha creado un mundo más inseguro. Las puntuaciones que obtiene Bush son inferiores a las que le da la opinión pública de Japón, Nigeria e incluso China. Entre los que lo catean más clamorosamente estamos nosotros: sólo un 7% de nuestros compatriotas muestra confianza en él. ESTÁBAMOS en la plaza de abastos y mi amigo de Murcia, llegado recién: -¿Volveremos a pasear por los caminos de la vega del Torío, tan bonito? ¡Qué vega tan hermosa! Así me dijo Isidoro, mi querido amigo murciano y yo le contesté: -¿Recuerdas aquellos prados amenos cercados de paleras, espino blanco, endrinos y choperas? ¿Recuerdas aquellos huertos de flores primaverales, lechugas, patatas, coliflores y acelgas? ¿Recuerdas aquellas vacas ratinas, rumiando tranquilamente, tumbadotas y redondas al nunca agresivo sol leonés? ¿Recuerdas aquellas paleras culminadas con un nido de cigüeñas, clo, clo, clo? ¿Recuerdas la plácida silueta del recolector de setas? ¿Recuerdas aquellos caminos sombreados, interrumpidos por grandes charcos de agua escapada del canal, donde había que buscar hueco para que pasara el carro cargado de hierba? ¿Sí? Pues recuérdalo bien porque no volverás a verlo nunca. Se lo han cepillado y si hacemos caso del periódico la benévola mirada de los alcaldes ante la avidez y la estupidez urbanística que está machacando el país entero. La hermosa vega del Torío, no la conoce ni la madre que la parió, que profetizó el poeta Alfonso Guerra. Y mi amigo murciano soltó un exabrupto: -¡Pijo, lo mismo que en Murcia, que se cargaron la huerta y piden agua para urbanizaciones, piscinas y campos de golf! ¡Mecagüen todo! Allí se caen las naranjas al suelo y aquí las traen de Méjico. Estamos locos. Y yo venga presumir en mi pueblo de que esos desmanes sólo los comete el pepé. Y aquí, donde el pesoe mete mano¿ ¡Que me borren del pesoe que no hay más que acémilas en sus filas! Me dan ganas de escribir al camarada Zapatero y mandarle el carné envuelto en celofán y con un lacito rosa: -Toma ya. Que eso lo haga el pepé rampante de Murcia o Valencia, o el pesoe degenerado de la junta de Marbellucía que es otra nación, pase. Pero que se haga en los hermosos parajes donde el mismo José Luis vio la luz por vez primera, eso no se puede perdonar. Si yo fuera presidente -continuó- me daba un paseito y agarraba por las orejas al ayuntamiento entero de Villaquilambre y: -¡Hala, todos al trullo unos años! ¡Chisss, y no me rechistéis que os mando a trabajar para el estado a pan y agua! Y tú, señor alcalde, ¿qué has estado haciendo? ¿mirando pa' otra parte? Pues con el sueldo que te pusiste, ya podías estar más al loro. Uno que nos escuchaba dijo: -Había que sacarlos a todos a la vergüenza pública como antiguamente y emplumarlos o por lo menos, sacarlos en el periódico que ya es vergüenza salir en la prensa canalla. -Eso. Embadurnados de pez, revolcados en plumas, con un capirote en la cabezona y atados al rollo para que los guajes los escarnecieran y vilipendiaran. -Y los escupieran, -dijo la pescadera. -Y ahora vendrá lo bueno. ¿Cómo arreglar el desaguisado? Pues se saca una orden municipal que ponga en legalidad todo lo que se ha hecho de espaldas a la legalidad. Así, con una buena reprimenda. ¡Que no se vuelva a repetir¿ hasta mañana! -¡Hasta mañana! -No. Que no volverá a repetirse hasta mañana. Mañana volveremos a la misma. Es que los tíos del pesoe cogieron unas mañas en el pasado que no hay manera de arreglar. -Pues anda que el Amilivia no tiene afán recaudatorio ni nada, que quiere poner zona azul hasta Sahagún y en lo alto de los Picos de Europa¿ ji, ji ¿Pero dónde meten los cuartos que dicen que no hay más que déficit. La señora del pescado se nos quedó mirando y riendo: -Ji, ji. Es todo una sinvergonzada. Dentro de poco vendrán a pedir el voto y¿ ¿a quién votas? Ay, si el mí Remualdo levantara la cabeza. No, pues como vengan por aquí les voy a meter con un congrio en los morros que no les van a quedar ganas de chupar en la vida. -Ah, se me olvidaba. En la carretera de Boñar, mismo donde termina el desmán urbanístico, el Ayuntamiento mandó poner una rotonda para dar servicio a los chaletes acosados, una rotonda ruin y traidora donde se han roto los hocicos más de cuatro despistados. Y uno se queda perplejo¿ Mi amigo murciano me miró espantado: -¿Rotonda, dices? ¿También aquí llegó la pasión de la Tabla Rotonda? En Murcia tenemos cinco o seis en cada urbanización. Está todo perdido¿ Oye ¿y los ecologistas? -Huidos, desaparecidos, mísines (digo para lucir algo mi inglés). Y mi amigo, por no parecer menos culto dijo: -¡Bah, son todos guiltis, pijo! Mañana cojo el tren y me largo a Murcia. Allí por lo menos son del pepé y ya sé dónde tienen la vergüenza: perdida en el cauce seco del Segura. No quiero ver lo que ha pasado en el Torío. ¡Qué pena de mi río perdido! ¡Ay, Leteo desde ahora! ¡El río del olvido !