EN BLANCO
Dolce far niente
TODOS LOS EXPERTOS en el tema, y son legión, aseguran que el secreto de vivir confortablemente consiste en pasar de la cuna a la tumba de la forma más amable y relajada posible. El problema es que en este mundo hay, desgraciadamente, bestias de carga y caballos de exhibición, división perpetuada a lo largo de la historia por elementos como Víctor Manuel de Saboya, heredero sin título de una de las dinastías monárquicas con más lustre en la vieja Europa. Un linaje que dio forma definitiva a lo que ahora es Italia y cuyas componendas con Mussolini, otro de los grandes pirómanos de la II Guerra Mundial, acabarían por costarles el trono. Pues bien; don Víctor Manuel, un personaje de mandíbula interminable, se encuentra a un paso de pasar largos años en el talego, acusado de soborno, proxenetismo y otros cargos menores. El último de los Saboya, recordado en España por cruzar unas cuentas bofetadas con su primo Amadeo de Aosta durante los esponsales del príncipe Felipe con doña Leticia, es todo un campeón del dolce far niente que no ha pegado un palo al agua en toda su vida y acostumbrado, al igual que los antañones señoritos de cortijo, a imponer su santa voluntad. Aficionado a las prostitutas de veta brava, vio en semejante campo mercantil una oportunidad para medrar y, ya metido en el negociete, se ha dedicado presuntamente a importar muchachas desde los países del Este, todas ellas distinguidas por su lujosa encuadernación. Pero después de muchas décadas de campar a sus anchas, parece que su buena estrella se ha apagado. Ya lo dice el refrán: a todo cerdo le llega su San Martín.