EN POCAS PALABRAS
Palabras y visceralidad
DECÍA Samuel Johnson que en el idioma está el árbol genealógico de una nación. Y nuestra nación es árida, recia, dura, inhóspita casi siempre, y el idioma renuncia aquí con frecuencia a los matices para volverse, como el país mismo, también seco y cortante. Cuando eso sucede, la nación retorna a la infecunda visceralidad, a la siniestra entonación del guerracivilismo. Estamos evidentemente en una de estas etapas en que las palabras más usadas, los epítetos más frecuentes, las declaraciones que marcan el tono de la convivencia están cargados de desprecio y de ira. Se habla de ruptura, de traición, de insidias. Se asegura que la nación se rompe, que el gobierno traiciona, que los poderes se comportan insidiosamente. Y se forma como una gran burbuja repleta de palabras oscuras y amenazantes. Es malo que hayamos caído en esta perversión porque las palabras no se las lleva el viento. Aun en política, los insultos merman el crédito del sistema y hacen estragos en la confianza ciudadana. De ahí que yerren quienes piensan que sus desafueros verbales no tendrán otro efecto que desgastar al adversario.