EN EL FILO
Cuando se acabe el verano
ESTÁ siendo un verano espeso y húmedo. La política nacional anda absorbida por la ilusión de paz vasca que propugna Rodríguez Zapatero y la política internacional está centrada en el fragor del Líbano. Es un mundo de incertidumbres y recelos, en un caso con la memoria de tantos asesinatos protagonizados por ETA y en otro por los pros y contras de la represalia de Israel contra Hizbolá, brazo armado de Irán y Siria. A finales de agosto, las cosas quizás no hayan cambiado mucho, a no ser que exista una oportunidad fotográfica para Zapatero como pacificador o que Israel consiga la neutralización del sur libanés. Recomenzará el curso en condiciones no muy optimistas. Tal vez Zapatero decida convocar elecciones anticipadas mientras que la campaña electoral catalana iniciará su fase álgida. En el mundo tenemos la irresolución del caso libanés, el profundo desconcierto de la Unión Europea, una cierta indefinición de la administración Bush jr. en su segundo mandato y la impresión general de que los «jihadistas» -más o menos coordinados por Bin Laden- campan a su aire, desde la India a Afganistán. Las ilusiones se quiebran pronto al considerar la deriva del mundo. Acabará el verano y a los optimistas se les agotarán las opciones, hasta llegar a una cierta noción de la tragedia como naturaleza histórica. Al final del verano, leídos ya los «bestsellers» inútiles y culminada la frivolidad de la política de apariencias, habrá una fracción de tiempo para la verdad. En el entretiempo, la salsa rosa inundará las conversaciones de verano, hasta extremos notables, entre otras cosas porque nos gusta hurgar en las vidas de los demás, sin pensar demasiado qué intimidad se hiere o qué realidad se manipula. Lo cierto es que andamos continuamente rozando los límites de una opinión pública consistente. Nos gusta, parece no dañar a nadie, estimula las tertulias veraniegas después de la cena entre amigos. En verano es como si todo pudiera remansarse, como si los conflictos imparables que activan el mundo pasasen a segundo término. Este verano las nuevas detenciones en Marbella agitarán las conversaciones al borde de la piscina, como una renovada estampa en un paisaje de tonadilleras, pícaros y especuladores de inteligencia asombrosa. Más salsa rosa, más intromisión, más insinuaciones de otras cosas y de otros casos. Mañanas en pareo haciendo unas compras en el supermercado y mediodías en el chiringuito, tomándose unos vinos. Desde luego, nos los hemos ganado trabajando todos los días, buscando mercados, abriendo sucursales, siendo pacientes con el jefe que padece dispepsia. Hacían falta esas tranquilas semanas de verano, por hiperactivas que luego resulten ser las horas que habíamos programado para siestas y sometimiento del estrés. Nos llevan de aquí para allá, hay que acompañar los hijos al acuario, ir a ver el velero del amigo que amarra unas noches junto al paseo marítimo, ir con los nietos al cine. En sus mejores momentos, el verano es una bendita inconsciencia, un alto al fuego en nuestras propias vidas, aunque esos días luego también acarreen otros conflictos, otras pesadumbres. Hemos logrado una mesa en el restaurante de moda y de repente entra el político de renombre con su nueva novia, mientras la familia oficial veranea en Galicia. Momento culminante del verano: súbitamente somos la cámara de salsa rosa, los privilegiados espectadores de un adulterio que se venían insinuando y que de golpe y porrazo nos introduce en el mundo de la alta chismografía. Sí, estábamos allí, lo vimos: cuando acabe el verano, en la oficina nadie se lo creerá. Hagámosles una fotografía con el teléfono móvil. Esa será para siempre la instantánea del verano, el político «in fraganti» con su nueva amante, fotografiado indiscretamente por unos pacíficos veraneantes a quienes muy poco les interesa la política, solo la salsa rosa.