Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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LLEGA el gran guiñol del verano y, como ocurre cada año, no cambian los maniquís del escaparate en cuanto a salvajismo y maltrato a los animales, surtido catálogo de bajezas y villanías que es signo de distinción para la España más negra y el mar de atavismo bestial en que sigue sumida. El homo bellacus hispano ha consagrado la tortura como elemento de simple y puro divertimento, desde el chunda-chunda racial de las abominables corridas de toros hasta las atrocidades paletas con que obsequiamos a gatos, perros y otras mascotas agredidas con un surtido de aberraciones que dejan chiquitas a las del buen doctor Lector. Maldades atávicas que pretenden hacerse pasar por rituales santificados por la tradición, desde tirar toros al mar o a la indefensa cabra desde el campanario. Dijo Gandhi que la grandeza de una nación puede juzgarse por la forma en que trata a sus animales, cuestión en la que España sigue en el último y deprimente furgón de cola. No obstante, aún existen espíritus generosos que combaten a su modo y manera la saña que muestra este país de palurdos con el colmillo retorcido. Aquí en mi barrio, por ejemplo, tenemos a Luis, benéfico alimentador de palomas. A Esther, también conocida como «la emperatriz de los gatos», empeñada en salvaguardar la estirpe felina leonesa. O a la dulce María, madre de Guzmán y propietaria de la clínica veterinaria en la que nuestros amigos de cuatro patas sanan de sus afecciones. En fin, un grupo de buenas gentes que mantienen su cruzada particular en contra de esos cobardes que combinan, en su relación con los animales, la crueldad de Nerón con la tontuna del que toca la pandereta en la tuna.

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