Diario de León
Publicado por
EDUARDO CHAMORRO
León

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PUTIN se ha convertido en la más notable y, de algún modo, entretenida puesta al día de ese personaje arquetípico de la novela del siglo XIX que es el joven recién aparecido en la ciudad y sus salones, apestoso por su origen y peripecias sociales, así como por su comportamiento petulante y sus modales hirsutos, pero perfectamente podrido por una cantidad de dinero y de posibles que lo convierten en el pretendiente ideal para todas las familias y damiselas que arrastran como pueden el disimulo de una filosofía de la vida que tan solo piensa en prolongar su holgazanería y absentismo. Era el personaje menos natural y más sujeto a las ideas de una novela que vacilaba entre un naturalismo demasiado exigente en sus precisiones y una realismo demasiado seductor en lo que pretendía, pero el más adecuado para una literatura de tesis en la que la grosería e incluso el sansculotismo eran el precio -uno de los precios- a pagar por la tradición para mantener algunas de sus líneas vigentes en lo que fuera que fuese a ser el progreso. Putin no es un grosero ni un sanscoulote, pero sí es el progreso de Rusia o el tipo de progreso bárbaro y sin escrúpulos que puede caber perfectamente en un país sin otro progreso que llevarse a la boca. El personaje de la señorita blanca, radiante y a la espera de noticias era mucho más complejo, y rebosaba de cautelas donde su pretendiente desbordaba de arrogancia y aplomo. Tenía que medir fundamentalmente sus pasos y maquillarse cada vez que abría la boca. Estaba obligada a lanzar señales con el abanico, acreditar cintura con los contoneos, girar sobre sí misma sin perder la vista al frente y escribir cartas de amor con la misma tinta simpática con la que llenaba su carné de baile. El joven pretendiente tenía que ser un bandolero con espíritu de atleta y corazón de empresa. A la señorita le bastaba con ser una artista, es decir, con mentir, y no sólo con respecto a sus anhelos sino también, y con mejor convicción, con respecto a los de su pretendiente. Había de ser muy buena en sus mentiras y mucho mejor a la hora de dar por buenas las de su joven amigo, el recién aparecido en sociedad. Si no hay que hacer esfuerzo alguno para ver a Putin en su papel, menos trabajo cuesta admitir la soltura de Europa en el de la dama. Una dama con poco de blanca y nada de radiante, sin ganas de trabajar, ni de tener hijos. Una dama más bien oscura y de pasado tenebroso y con unos cuantos amantes a los que aprendió a abandonar en las peores cunetas. Hay algo en el ritual entre Putin y Europa parecido a lo que hubo entre Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Fernando tenía abierta la línea hacia el dominio del Este y del Mediterráneo, con todo el empuje militar de Isabel liberado de la Reconquista. Cinco minutos antes de 1492, e l progreso miraba a Oriente. Cinco minutos después, se había descubierto América. Menos mal que el mundo no está para sorpresas. O a saber.

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