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CARLOS ANTONIO BOUZA POL
León

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ES EVIDENTE, y no admite discusión, el hecho curioso de que las revoluciones se hacen al grito de libertad y en beneficio del pueblo; pero todas, todas sin excepción, acaban en Dictaduras. Por encima de la sangre y del dolor inmenso de muchos, izan su poder y su soberbia unos cuantos sátrapas que, arbitrariamente, gobiernan sin el pueblo, y contra él. En Cuba, Fidel Castro, después de fracasar en el asalto al cuartel de Moncada, antes de Sierra Maestra, lanzó la revolución y justificó su programa político en tres puntos: elecciones libres, supresión de la pena de muerte, y reposición del presidente depuesto por el dictador Batista. Luego, en el poder, jamás convocó elecciones, fusiló todo lo que quiso, y mandó a Miami, al exilio, al depuesto presidente Machado. Yo creo que la libertad es una cuestión de fe, cosa sagrada en la que no pueden confiar los agnósticos y los materialistas. Aunque se la utilice y se le dé un carácter político, la libertad es, en origen y en esencia, un concepto cristiano y religioso. Somos libres los cristianos, incluso para elegir el mal. Para nosotros, la libertad no es el final de nada sino el principio de todo. La libertad es el medio, la herramienta para alcanzar la justicia, la solidaridad, la dignidad de las personas, e incluso la salvación o la condenación eterna. La libertad, con todos sus peros y máculas es, en exclusiva, una consecuencia de nuestra civilización occidental. El cristianismo considera al hombre, a todos los hombres, portadores de valores eternos, irrenunciables, pues, no en vano hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esto es, pese a quien pese, la concepción central, el núcleo, el motor, la verdad de nuestro sistema de valores occidentales. Del cristianismo surge la suprema dignidad del hombre como portador de valores eternos, la subordinación de los intereses económicos a los sociales y humanos, los derechos de la propiedad privada subordinados al bien común, el derecho y el deber al trabajo con una retribución justa y suficiente para vivir dignamente, etc. Aunque muchos españoles lo ignoren, el cristianismo contiene un armónico cuerpo doctrinal sobre el que se articula la más ilusionada (y también utópica) de las revoluciones sociales, ya soñada y vislumbrada hace más de dos mil años. En la legítima aspiración por la justicia social y por la solidaridad, la Iglesia Católica ha ido siempre en vanguardia, defendiendo a los marginados, a los débiles, a los enfermos, a los disminuidos. Por eso siempre ha estado en contra de la eugenesia (practicada en algunos países nórdicos hasta la década de los setenta) del aborto, de la eutanasia, del divorcio. Todos somos hijos de Dios que necesitamos vivir en familia. La familia es hoy la institución más atacada. El ataque es continuo y proviene de todos los medios de comunicación en general. Las televisiones, llenas de frivolidad, nos presentan los más claros concubinatos como si se tratara de uniones limpias y consagradas. Con estas basuras tratan de mentalizar a nuestros hijos de que vale todo, y que la indisolubilidad del matrimonio es una gaita, una vieja y molesta gaita que no puede sonar bien por mucho que se esfuercen. No es que pontifiquen abiertamente en favor y defensa del divorcio como algo bueno en sí mismo, sino que lo presentan una y otra vez como un remedio fácil, una solución que está ahí, a la que se puede recurrir y que no es discutible. ¡Cuántos matrimonios se salvarían si en vez de predicar el hedonismo, el egoísmo, la intransigencia, se predicara la comprensión, la moderación, el esfuerzo, la responsabilidad, la cooperación y el altruismo! Pero no. El colmo de la arbitrariedad, de la sinrazón y del disparate llega a extremos inconcebibles (para cualquier mente sana). Me refiero a eso que llaman «matrimonio homosexual», que no pasa de ser una aberración y un ataque furibundo (envuelto en el bonito papel de igualdad, libertad y justicia) a la familia tradicional y a los principios más elementales del sentido común y del ordenamiento jurídico. Hace más de mil setecientos años, Justiniano, en su Digesto ya dijo que « El Derecho es el arte de lo bueno y de lo justo». La ley, por principio, tiene que respetar las diferencias de las cosas que son distintas. Esto es bueno y es justo. Lo que no lo es, es hacer tabla rasa y tratar por igual al matrimonio heterosexual, de hombre y mujer (con su copy right de miles de años), con ese engendro raro de «matrimonio» homosexual, que ataca, sin ninguna necesidad, al matrimonio normal (pongo normal con toda intención y conocimiento) que ha sido, es, y será el núcleo, corazón y sustento del progreso y de la civilización judeo-cristiana de occidente. Admito que los homosexuales vivan y se lo monten como quieran, pero que dejen a los niños en paz. La sociedad tiene que impedir que los pobres niños huérfanos pasen a ser muñequitos de carne y hueso (no de peluche) para sus insaciables apetencias. Los niños tienen derecho a un padre y a una madre, y sino es posible, mejor que se queden solos, que más vale vivir solos que mal acompañados, sujetos a los «arrebatos» de sus dos padres o de sus dos madres que «considerándose ahora perfectamente legales en sus inclinaciones sexuales y afectivas, inculcarán, a los indefensos niños adoptados, su filosofía de vida made in orgullo gay. Soy un gran lector de Oscar Wilde. Su relato El príncipe feliz me parece uno de los mejores cuentos de la Literatura Universal de todos los tiempos. Seguramente me daría la razón en toda esta polémica a cuenta de la libertad. En el nombre falso de una libertad mal entendida y demagógicamente explicada, se ataca la autoridad de los padres, se pone en tela de juicio su derecho y su obligación a decidir sobre la educación de los hijos. Utilizan contra nosotros tópicos tales como «dejar que el niño desarrolle su personalidad con libertad» «que viva su propia vida» «hay que vivir con los tiempos» «cuidado con exigir trabajo, dedicación y esfuerzo no sea que se les ocasione un trauma» «hay que tratar a los hijos como amigos». Estos ataques a la familia, estos continuos vaciados de responsabilidades, sobre la base de un falso progresismo, van causando un gran daño que incide directamente en la sociedad y la desarma moralmente. Entonces viene más delincuencia, más droga, más pornografía, más promiscuidad, más prostitución, más desesperación y más ruina moral. Así las cosas, ¿cómo es posible que haya quienes que se atrevan a negarle a la Iglesia Católica el derecho y el deber de expresarse libremente, de opinar e influir sobre todo lo humano y lo divino? La Iglesia Católica tiene que ser beligerante, más beligerante que nunca, porque nunca fue tan atacada. El buen pastor tiene que defender a sus ovejas, a su rebaño. Y cuando el lobo no sólo merodea sino que ataca y amenaza con comerse a todos, tiene que utilizar el bastón, la honda y lo que haga falta. Poner la otra mejilla en estas circunstancias, más que un acto de pacifismo y de amor fraterno, sería una bajeza moral, una cobardía que renunciaría a la razón y al bien común en beneficio de la barbarie. Soy católico, apostólico y romano. Doy fe.

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