LA PENÍNSULA
Una batalla perdida
LO LLAMARÁN terrorismo del fuego pero podrían llamarlo Cólera de Dios o Ira del Averno. Es un modo de referir lo que es al reino de los hados impredecibles y las amenazas fantasma. Pero un incendio no eso, sino una reiterada coincidencia entre las pautas de la naturaleza y los vicios del hombre, y la sociedad lleva siglos estudiando aquellas para controlarlas y someterlas, y legislando sobre estos para castigarlos con una contundencia proporcional al daño que infieren y a la voluntad de causarlo. No nos tomemos el pelo. Si Galicia arde, la culpa es nuestra, pues de todas las medidas para evitar las llamas, es obvio que hemos tomado las menos. Consideramos el control de la naturaleza como algo que funciona con sólo pensar en ello, y está claro que el castigo del delincuente nos parece una fascistada. Y los gobiernos, los parlamentos, los jueces, son tal cual somos. Nuestros políticos no se dejarán las pestañas en el empeño de que los bosques estén como los chorros del oro para que el azar de la chispa o del rayo de sol no coincida con la necesidad de una maleza seca y arracimada. Cultivamos razonamientos políticos mucho más refinados. La política es un espectáculo y una actividad distinguida y elegante para la que uno no ha de vestirse con ropa de faena. Somos unos señoritos. Nos molesta limpiar el jardín con nuestras propias manos, preferimos que lo limpie un marroquí o un rumano. Y ni se nos ocurre enseñar a nuestros hijos las virtudes de un jardín limpio. Y los hijos no han tardado en aprender que meter la pata es casi siempre gratis, y muy barato hacer daño, y que matar a alguien con un coche que se conduce sin carné y sin seguro es un incidente que muy raramente irá más allá del quebradero de cabeza, y que a ningún incendiario se le ha impuesto una condena tan ejemplar como para resultar disuasoria. Así que lo único que funciona como la seda es la bárbara armonía del dislate. Somos conscientes de que así son las cosas, pero entendemos que la ley, su aplicación pueden bordear el fascismo. Y a fuerza de perdonar nos vamos quedando sin perdón de Dios: con el infierno.