Diario de León
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León

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Querido Antonio (¡con permiso de Úrsula!): Tal vez algunos no sepan quién eres solo por el nombre pero eso sólo tienen la culpa ¡cómo siempre! Los padres de la patria, que no hacen todo y lo que cada uno de nosotros queremos... Año tras año, cuando sé de tu presencia aquí, te escribo pero... lo guardo excusándome en la vergüenza de dejar mis sentimientos al aire. Pero hoy, me he cansado de tener restringido el tiempo y el deseo entre los fogones, adoptados por amor, para contarte lo que durante años he guardado para mí. Una de las cosas por las que iba a la piscina era por verte a ti allí, debajo de la palloza (plástico duro donde más de uno se hace un «chichón» porque está a medio camino de todos) sentado, alguna vez con calcetines y siempre rodeado de una tertulia a la que yo quería acceder. Me escondía entre la gente y el árbol, entre el sol y el agua, para poder escuchar, y te envidiaba el que ya tuvieras entre tus manos la eternidad, y deseaba que me dijeras cómo hacías para transformar las palabras en libros y, soñaba, cuesta tan poco soñar, que tal vez, algún día... y me hundía en el placer sublime de leer tus libros y, mandaba a mi hija para que se los firmases, a ver si, con el contacto de tu firma, me llegaba a mí un poquito, sólo un poco de ese mundo escondido que es la inspiración. Se me ha pasado el tiempo, pero he dejado abandonadas algunas palabras que, no se han transformado en libros, que algunos han leído. Me conformo porque de lo que no he carecido nunca es de amor: de amigos, de hijos, de padres, de esposo. Le echamos de menos don Antonio Pereira, ¿querrá cenar con nosotros? M. Nines (León). Queríamos que la educación atenuase nuestro grado de inquietud, pero no. No lo hemos conseguido. La violencia y agresividad, de mil formas distintas, es noticia diaria; el recelo y la distancia entre nosotros, gana terreno; y la violencia verbal, o la violencia en la mirada y, tantas veces, hasta la violencia de nuestros silencios, siguen causando heridas en el alma. Todos nos estamos necesitando; aunque no queramos pedir ayuda. Todos necesitamos descansar aunque digamos que respiramos a pleno pulmón. Pero descansar, en el sentido de vivir en el optimismo y la estabilidad, en la seguridad moral, en la confianza con el compañero de viaje y en la fe en los principios o columnas básicos de l sociedad. A todo eso lo podemos llamar Estado de Derecho. Pero yo prefiero llamarlo Educación. La educación como instrumento que nos sitúa en este mundo para decirnos: Qué somos, de qué somos portadores, qué valores se deben mantener, reforzar y transmitir, qué principios son secundarios y cuáles inmutables. Como la igualdad, la dignidad, la libertad, la solidaridad, la promoción y la paz. ¡Ah!, y el pan y la ropa para quitar el hambre y el frío de media humanidad... La educación y la escuela. La escuela, no como palanca de poder y manipulación, sino como encuentro universal de coincidencias. Para que no sean los poderes de cada turno, los que maquen nuestro presente y amenacen nuestro futuro. Que se la escuela, que sea la educación, que sea ese pacto universal en educación, firmado por decreto de todos los poderosos y blindado por ángeles incorruptos el que haga de la igualdad, de la libertad, de la promoción y la solidaridad, las columnas inmutables de esta sociedad que somos todos. A lo mejor así la vida, tiene otro sentido. A lo mejor así, la paz y la libertad tienen ya letra y música. A lo mejor así, no mueren quinientos mil niños cada mes, y son ellos los que desde todas las escuelas del mundo, nos marcan los caminos de la esperanza. Anatolio Calle Juárez (Navatejera. Gervasio (En la edición digital diariodeleon.es).

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