San Glorio y la Diputación
Recuerdo que un mes de abril, hace ya 34 años, llegaron a casa de mis padres la tía Encarnación y la prima Tita, dejando su querida Habana para siempre y recalando en Villafranca del Bierzo (localidad natal de la tía) en su paso hacia Puerto Rico, reclamadas por una hija y hermana, respectivamente. Venían tristes porque tuvieron que dejar allí todas sus pertenencias, sus vivencias, sus ilusiones... Lo poquito que les dejaron sacar venía en una pequeña bolsa de mano, que portaban como único equipaje. Pero traían ilusión porque, a pesar de todo eran afortunadas. La numerosa familia que tenían en España contribuyó, de manera generosa para cubrir sus necesidades físicas, pero sobre todo afectivas. También traían esperanza porque iban a disfrutar de una libertad desconocida para ellas (había que remontarse muchos años atrás). Sin cartillas de racionamiento, para conseguir la escasez que dominaba en toda la isla, sin vigilancia sobre sus personas, sin inspecciones periódicas en sus viviendas, sin previo aviso, entre otros muchos desmanes de la larga dictadura castrista. No me olvido de su emoción ante un plato de jamón o un vaso de leche con azúcar, algo totalmente olvidado, como se iluminaban sus ojos al descubrir los escaparates de las tiendas, llenas de ropa, calzado, comida... Decían: «Qué pena no tener dinero y poder mandar todo esto y más para Cuba». Pero ellas llegaron a disfrutar de la alegría y sobre todo del tesoro más preciado por el ser humano: La libertad. Después vinieron otros primos y siguieron contando las enormes miserias de Cuba, aunque el señor que lleva tantos años manteniéndolas, sea la séptima persona más rica del mundo. Esta historia real que yo relato se puede trasladar a miles de familias que también tuvieron que salir de allí. La tía y la prima ya fallecieron en Miami y no conocerán el desenlace final que todos deseamos para el querido pueblo cubano que lleva demasiados años padeciendo la tiranía. Mi padre era cubano y desde niña tuve conocimiento del exilio cubano, pues venían a pasar parte del verano a su casa la prima armen y su hijo, mi padrino, José R. Fernández, su familia era dueña de la mayor y mejor ferretería de Cuba, entre otras propiedades que tuvieron que dejar allí y escapar casi con lo puesto. Sólo a unos fanáticos como Izquierda Unida se les ocurre decir que desean que continúe ese tipo de gobierno. Tenían que encerrarlos en la isla, quitarles la libertad, las comodidades y someterlos a las privaciones que soportaron y soportan todavía mi familia y muchas más. Mi mayor ilusión es visitar la bonita isla, recuperada para la democracia, pasear por el Malecón, el Vedado, la calle y, si todavía existe, donde mi padre compraba un cucurucho de maní al auténtico manisero que él sí conoció. Yo sí quiero una Cuba libre, próspera y hospitalaria. María Teresa Rico González (Villafranca del Bierzo). Me encuentro con mis vecinos, que parten para vacaciones, cuando cargan en su coche esa montaña de cosas que parecen imprescindibles en el último momento. Este verano ni caña ni raqueta de tenis. Este verano se va a dedicar a sus hijos. La mujer explica que el verano para ellos es un rollo tremendo, pero en cambio los niños sí que la gozan. Ganamos mucho dinero, nos dedicamos tan apasionadamente a organizar el futuro de nuestros hijos que nos olvidamos de hacerles felices en el presente. ¿Será preciso que un hijo se muera para que sus propios padres descubran que es lo mejor que tienen? Hugo Betti escribió una frase lapidaria: No, dice, no es verdad que los hombres se amen, tampoco es verdad que los hombres se odien. La verdad es que los hombres nos des importados los unos a los otros aterradoramente. Es cierto, sí. Ni siquiera llegamos al odio. O tal vez, como decía Bernanos, «el verdadero odio sea el desinterés»; quizá el asesinato perfecto sea el olvido. Por eso ¡y ya es terrible! Se me convierte en noticia el que un padre vaya a dedicar íntegramente su mes de vacaciones a no hacer nada más que dar felicidad a sus pequeños, que olvide sus negocios y preocupaciones, que no crea que es más importante decidir si podrá comprarse un coche nuevo este otoño, que pasarse las horas bobas haciendo dulcemente el tonto jugando con sus críos en la playa. Que esté con ellos las veinticuatro horas del día, aunque sólo sea para reparar la forzosa separación que su esclavitud laboral le impone los inviernos, en los que sólo puede verlos cuando ya están dormidos. Cuando mis vecinos vuelvan de vacaciones ya sé que tendrán poco que contar. Habrán hecho castillos en la arena, se habrán reído mucho. Y sus hijos estarán más cerca de ellos. ¿Hay veraneo mejor? Anatolio Calle Juárez (Navatejera). Tomás Antón (Cistierna)