Diario de León
Publicado por
XOSÉ LUIS BARREIRO RIVAS
León

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CUENTA LA HISTORIA que un cosechero del Ribeiro, a punto de morirse, llamó a su hijo junto al lecho y le dijo: «Tengo un secreto, hijo mío, que no quiero llevar para el otro mundo». Y, mientras el chaval empezó a pensar en onzas de oro enterradas, o en hermanos secretos que pudiesen pedir su parte de la herencia, el viejo vinatero le espetó: «El vino también se puede hacer pisando uvas». ¡Ese era el gran secreto! Una extraña alquimia que el padre sólo reveló obligado por la muerte! Algo parecido va a pasar con los incendios. Casi todo lo que se dice estos días en relación con la catástrofe forestal tiene algo de verdad: que hay incendiarios, que algunos de esos incendiarios pueden estar entramados, que los campesinos también queman por muy diversos motivos, que hay muchas imprudencias, y que el comienzo de algunos fuegos da la impresión de obedecer a un malvado plan contra la vida urbana. Pero si seguimos por ese camino, preguntando quien quema el monte, en vez de preguntarnos por qué arde hasta las raíces, podemos acabar construyendo un secreto mejor guardado que el de Santa Vittoria, hasta que los más viejos del lugar, a punto de morirse, vayan revelando a sus sucesores la clave de los hechos: «Tengo que decirte, hijo mío, que la leña seca arde mucho, que el fuego se propaga de mil maneras y con la velocidad del viento, que un soplo de aire solano puede rebrotar un rescoldo imperceptible, y que el un eucaliptal que tarda mucho en arder hace después una hoguera más grande». Las verdades menores -que componen el discurso de los mil urbanitas que hablan del monte por lo que vieron en las películas de Heidi- están ocultando la verdad mayor: que el bosque arde. También hemos olvidado el dicho popular que, cuando quiere comentar un rumor, sentencia sin dudarlo «que se expande como el fuego». Y por eso corremos peligro de repoblar a ciegas lo que va a arder dentro de diez años; de replantar eucaliptos antes de limpiar cunetas y cortafuegos; de tapar las calvas negras del monte antes de reflexionar sobre el distinto comportamiento de las especies arbóreas, de creer que el bosque puede mantenerse intacto y creciendo indefinidamente sin entreverarlo de praderas, cultivos y estructuras de cuadriculación estratégica; que las casas y las fábricas pueden confundirse con el bosque abierto, y que un avión puede enfrentarse al monte Louro sin que nadie pueda combatir las llamas por tierra. ¿Y por qué lo hacemos así? Pues porque a base de preguntarnos quién quema el monte -que es la cuestión secundaria- estamos olvidando que -ya sea incendiado o por combustión espontánea- el monte arde. Un hecho muy simple, cierto, pero muy condicionante, que un urbanita jamás entenderá.

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