Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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AHORA RESULTA que la culpa de que al niño de los Gutiérrez le hayan quedado ocho para septiembre la tienen los frecuentes cambios en el sistema de enseñanza. Criaturita. Salvo casos concretos, que los hay y en todos los centros, los suspensos se deben ante todo al propio estudiante. Igual que para que te toque la quiniela hay antes que haberla rellenado y presentado, no se puede aprender sin estudiar. Una vez reconocido esto,  podemos plantear distintas teorías sobre el derrumbe del sistema educativo,  que para mí está ligado a otros derrumbes, no menos estrepitosos. Me formé en la última promoción de un bachillerato que ya dejaba paso al BUP. Es cierto que hoy la pedagogía está mucho más desarrollada que entonces, pero, pese a ello,  sigo sin conocer otra forma de aprendizaje que hincar los codos y tener profesores competentes. No fui un estudiante ejemplar, pero siempre tuve clara mi responsabilidad en preferir escribirle poemas a Juanita la Pelirroja que hacer ejercicios de Latín. En  mi caso,  el sistema tuvo poca o ninguna culpa de  mis suspensos. Lo poco que sé es consecuencia de mi disposición a saberlo. Cuando fui maduro para comprender que el mayor beneficiado de estudiar era yo mismo, todo empezó a irme bien. No abogo porque sólo los más estudiosos sobrevivan en una sociedad cada   vez más  competitiva, pero creo que nada se puede hacer sin  ir a la esencia del problema: ningún conocimiento se recibe por ciencia infusa. El aprendizaje no puede ir vinculado a otro valor que al esfuerzo; el del profesor, pero también, y sobre todo, el del alumno. Pues eso: a estudiar, majos, que estáis en la edad. Y menos cuento. O más claro aún: menos ordenador.

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