QUERIDO MUNDO
Un mundo mejor
«SI DE TODOS los que se han ido al otro mundo no ha vuelto ninguno es que se han ido a un sitio mejor», solía decir mi vecino Eladio Chao con gran convencimiento. Luego tenía un trasacordo y añadía: «Claro que maldita la prisa que tenemos nosotros en ir para allá: nos queda toda la eternidad para disfrutar de eso, ¿por qué no aprovechar un poco más lo de aquí, que luego se acaba y no vuelve?». Eladio fue pobre y analfabeto toda su vida, pero tenía una vitalidad sin límites, y una extraordinaria alegría de vivir. Le tocó un papel heroico en una guerra que nunca entendió, pero los galones se los llevaron sus jefes en los frentes de Teruel o del Ebro, que ya no recuerdo. Él y Enrique me enseñaron todo lo que ahora está prohibido en el mundo rural y que, para no incordiar, no enumeraré aquí. La naturaleza y la vida no tenían secretos para ellos. Y en la muerte pensaban poco o nada. Nunca los vi preocupados por ella. En realidad nunca los vi preocupados más que por el tiempo que iba a hacer al día siguiente, para guadañar los prados de hierba seca o para sembrar las patatas. Ellos sabían mirar al cielo y, como mi tío abuelo José, cuando decían que iba a llover, llovía. Ahora que veo los lugares sin ellos y sustituidos por nada me quedo aturdido. ¿A dónde ha ido a parar tanta vitalidad y tanta sabiduría? Yo los recuerdo, incluso juego literariamente con ellos, pero no consigo imaginarlos en un mundo mejor. Porque, con todas sus necesidades y carencias, aquí estaban bien, eran felices, no se quejaban jamás. Los recuerdo desde un espacio que se ha llenado de quejicas que en verdad se merecen otro mundo. Éste no lo entienden ni lo aman. Eladio y Enrique sí que lo entendían y lo amaban. Y se lo merecían. Pero ya no están. Lástima.