Diario de León
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FEDERICO ABASCAL
León

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LAS MUJERES y los hombres van a ser más iguales que nunca, pero a la fuerza, si el anteproyecto de Ley de Igualdad, que ayer entró en el Congreso, no fuera desmochado en algunos puntos durante su tramitación parlamentaria. La oposición considera «intervencionista» la inciativa. Y ante esa acusación, el ministro Caldera asiente, como orgulloso de ejercitarse en el intervencionismo. Porque, a su juicio, el anteproyecto es intervencionista, sí, pero «para mejorar», «para conseguir más igualdad» , «para conseguir mejor actividad económica y social» y «para mejorar la productividad de nuestro sistema económico». Algún empresario o, al menos, el presidente de su organización más voluminosa, CEOE, ya ha dicho que este anteproyecto «es un rejón de muerte al diálogo social». Exagera obviamente José María Cuevas porque el asunto no sólo va sufrir en su trayecto legislativo varios recortes sino porque si el anteproyecto se convirtiera en ley, tal como está, invitaría a algunos sectores sociales a su incumplimiento. Basta echar un vistazo al consejo de administración de las grandes empresas, y de las pequeñas si quedase tiempo, para ver que hasta las mujeres con sustancioso o mayoritario capital en sociedades mercantiles de enorme volumen prefieren ser representadas, más que por sí mismas, por consejeros masculinos de su confianza. La Ley de Igualdad manda, aunque a través de un proceso de adaptación a la norma, que los consejos de administración sean paritarios, sin que la mujer o el hombre ocupen menos del 40% de las consejerías. Hay mucho de discriminación positiva en este anteproyecto, pero a la luz de las explicaciones de Caldera, recuerda más a lo que en otros tiempos se llamó despotismo ilustrado, cuando los déspotas, normalmente reyes de Francia, emitían órdenes a favor del pueblo desde su omnipotencia. Ocurre ahora, sin embargo, que el despotismo no existe, excepto en el interior de algunos partidos políticos, y que la ilustración es más bien escasa, sobre todo comparada con la de los déspotas, que tenían más tiempo para el estudio, y menos que aprender, aunque la mujer y el hombre sean arquetipos que no parecen haber cambiado en los tres últimos milenios. Paridad, pues, a la vista no sólo en los consejos de administración de las empresas sino en los órganos de gobierno y en las listas electorales. Habrá que modificar algunas leyes concernidas por ésta, como la Orgánica de Régimen Electoral, para que no se permita concurrir a unas elecciones a ninguna opción política sin paridad de sexos. Cuando se va a ser igual a la fuerza, la fuerza coactiva de la ley no debe escatimarse, y el ministro parece dispuesto, por nuestro bien, se entiende, a que el paisaje antropológico no ofrezca ningún espacio en el que cualquiera de los dos sexos sea más numeroso que el otro.

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