EL OJO PÚBLICO
¡No les falten el respeto a los enanos!
NO CREO que, como en la conocida copla manriqueña, «cualquiera tiempo pasado fue mejor». Pero sí que, en lo referido a los insultos que nuestros políticos más desvergonzados se cruzan entre ellos, hemos acabado traspasando, parece que ya sin remisión, la línea que conduce directamente a los infiernos. De hecho, es innecesario, para lamentar la sobrecogedora decadencia en la que chapotean hoy los Blanco o los Zaplana, retrotraerse a los tiempos en que reinaban en la lucha parlamentaria anécdotas de rapidísima inteligencia y finísimo sentido del humor, como aquella del diputado que, tras acusar a otro de usar calzoncillos de lunares, hubo de escuchar de su rival, como repuesta, el celebérrimo «¡Pero que indiscreta es su señora!». No, no es necesario echar la vista tan atrás. Llega con recordar tiempos más recientes, en los que la máxima audacia consistía en apodar al adversario de tahúr del Misisipi . Pero las cosas han cambiado, y ya nada parece bastante cuando se trata de acusar al competidor electoral. Así lo demuestra el último rifirrafe entre el PSOE y el PP a cuenta de la manifestación antiterrorista de Sevilla. Con la anuencia de los dirigentes populares que asistían a la marcha, se corearon allí consignas y exhibieron pancartas contra el presidente del Gobierno que superan con mucho el límite infranqueable de lo obsceno. Tanto que cualquier dirigente democrático -por muy adversario que sea de Rodríguez Zapatero- debiera hacer dicho sin pensarlo: «¡Esto no!» y «¡Así, me voy!». ¿O es que no sufre la sensibilidad, no ya de demócrata, sino de simple ciudadano, de quien ve ese intolerable juego de palabras fraguado con el nombre de un dirigente que gobierna porque ha ganado unas elecciones generales y el de una organización terrorista que ha asesinado a cientos de personas? ¿Cómo puede Zaplana, que sabe muy bien lo que es el terrorismo, codearse con quienes ponen en una pancarta « Z+ETA+P» ? ¿Y cómo puede José Blanco considerar legítimo, para defender a su partido de insidias tan abyectas, el indecente alegato de que quien acusa al presidente del Gobierno de traicionar a las víctimas de ETA debiera tratar de no olvidar su número de muertos? ¿O es que los muertos han dejado ya de ser sólo de quienes los han asesinado? ¡Hasta dónde hemos llegado! Y, lo que es peor, ¿hasta dónde vamos a llegar? Zaplana y Blanco se han acusado estos días mutuamente de «enanismo moral», quizá porque ninguno de los dos ha caído aún en la cuenta de que ni los enanos merecen verse mezclados en tan bajísima refriega, ni la moral tiene nada que ganar cuando uno u otro toman últimamente la palabra.