Diario de León

EN EL FILO

El voto de cada uno es lo que cuenta

Publicado por
VALENTÍ PUIG
León

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EL PESO de los sondeos en la forma de actuar de los gobiernos es una de tantas razones para argumentar que la democracia de opinión está sustituyendo a la democracia representativa. Ya se dijo que a Montesquieu le habían enterrado hace tiempo. A la vez, dar mayor peso a mecanismos democráticos que no son actos intrínsecos de soberanía popular da alas a la democracia participativa frente a la representativa. Si tantos sustitutos le salen a la democracia representativa quizás sea porque es la de verdad, la que en el fondo asume como voluntad soberana la ecuación un ciudadano un voto. El resto son paños calientes y en no poca medida la intención de desarticular lo más añejo de la democracia para darle cuerpo como algo distinto y difícilmente satisfactorio si pensamos en términos de representatividad y ejercicio de la libertad. Falta un largo trecho para que lo que sea venga a sustituir el debate y la toma de decisiones de nuestros representantes electos en eso que llamamos hemiciclos y que tiene la suerte de contar con viejos reglamentos, formas parlamentarias y continuidad democrática. Otra cosa es, por descontado, que los sistemas electorales requieran a menudo de buenos ajustes. Los sondeos rectifican la acción política de gobierno y oposición en la medida en que añaden datos procesados a lo que antiguamente se llamaba olfato o intuición de un político. En su exceso, decimos que alguien gobierna a golpe de encuestas cuando prescinde de toda vinculación entre lo que dijo para ganar las elecciones y lo que hace para volver a ganarlas, basándose en la volatilidad de lo que creen desear los votantes al día. A cada uno su interpretación de lo que quiere el pueblo: de una parte, existen motivos para pensar que en mandatos de cuatro años o más la opinión pública varia a cada instante del mismo modo que también hay razones para pensar que a la larga lo que cuenta es haber ofrecido a los votantes una visión hasta lograr concretarla y ponerla en pie en el curso de un período de gobierno. Esta segunda opción viene avalada por precedentes en los que la curva de apreciación bajó significativamente y luego logró recuperarse al conseguir el gobernante que -por ejemplo- unas medidas de austeridad consigan facilitar un despegue económico. Al electorado no tan fácilmente se le lleva de aquí para allá incluso en aquellas fases en las que se le ve más desorientado o en procesos de preferencias cambiantes. La política no deja de ser algo serio. Al final, lo que cuenta es el voto de cada uno. Si la democracia de opinión y la democracia participativa significan reemplazar el uso político de la razón por los impulsos emotivos y por la sentimentalidad del instante todos íbamos a salir perdiendo. Sería un arreglo de escasa solidez sustituir lo que entendemos como democracia por una soberanía de la efervescencia.

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