POR LA AMURA
El mundo al revés
EL CASO de la niña que se rompió una pierna por tres sitios en Ponferrada mientras era acosada por unas compañeras de instituto ha despertado el debate sobre la situación de los centros de enseñanza y de la educación que reciben los chavales en los colegios, pero sobre todo en casa, porque la educación es ante todo una responsabilidad de la familia que pueden complementar los profesores, y no a la inversa. Es cierto que unas niñas con 13 años tienen el derecho a una segunda oportunidad y a no quedar marcadas de por vida; también es cierto que la fatalidad tuvo su parte en el caso, ya que las agresoras no tenían intención de causar el daño que finalmente se produjo en cierta medida de forma accidental. Pero lo más cierto de todo, lo indiscutible, es que aquí hay una víctima que no ha tenido la culpa de nada y que sin comérselo ni bebérselo ha sufrido graves daños tanto físicos como psicológicos, y que como solución, lo que se le ha planteado por los responsables regionales de Educación es cambiar de colegio, dejar a sus compañeros, a sus profesores y a sus amigos en una especie de huida. Del mismo modo que muchos padres quieren cargar en los profesores su responsabilidad a la hora de educar a sus hijos, parece que las autoridades pretendieron en este caso hacer algo parecido en una decisión salomónica, seguramente con buena fe, pero que es profundamente injusta. Quienes deberían cambiar inmediatamente de colegio, de forma cautelar en principio o como parte de su castigo si se confirman los hechos, son las agresoras, y no la víctima. Si en mi calle hay un atracador, espero de la Policía que lo detenga, y no que me proponga como solución cambiar de barrio.