DESDE LA CORTE
Síntomas de crisis del sistema
AYER fue un día de análisis de la encuesta del CIS. Existe una tendencia facilona a considerar estos barómetros poco menos que como la Biblia de la política, sobre todo cuando contienen intención de voto. Si el gobierno socialista mantiene su mayoría, toca celebración en la izquierda. Si el Partido Popular se le acerca, la derecha hace sonar sus campanas mediáticas, como si vieran llegar las horas finales de Zapatero. Ocurrió con el último sondeo: el PSOE baja y, aunque el PP sólo sube tres décimas respecto a las elecciones de 2.004, grandes titulares saludaban alborozados el aliento de Rajoy en la nuca de Zapatero. A mí me preocupan tres detalles del mismo barómetro. Primero: ¿a dónde va el voto del descontento? Lo único que sabemos es que un porcentaje de ciudadanos ha dejado de dar su respaldo al PSOE. Pero no hay un beneficiario de su desengaño. En buena lógica, debería ser el PP, que ha sido el más duro en el castigo dialéctico al gobierno; pero ese beneficio no está claro. Al votante le cuesta trabajo cambiar de siglas. Le cuesta dar su respaldo al partido contra quien votó hace sólo dos años y medio. Hay un riesgo cierto de que se esté abonando el territorio de la abstención, como ocurrió en Cataluña. Segundo: la Justicia sigue sin inspirar confianza al ciudadano. Es la institución estatal que menos confianza inspira, porque la Iglesia, otra perjudicada en su imagen popular, no es una institución del Estado. Corresponde a los señores jueces hacer su propia autocrítica e indagar en las razones de ese descrédito. Quizá las encuentren en la lentitud, en el partidismo de algunas de sus actitudes y en las peleas y connivencias políticas que muestra su Consejo General. Pero no produce ninguna tranquilidad que, en un Estado de Derecho, los ciudadanos confíen más en la Policía y en el Ejército que en los órganos judiciales. Y el tercero, el funcionamiento de la democracia. Casi la mitad de los consultados (el 45,1 por 100) se consideran poco o nada satisfechos con ella. Tal alto índice demuestra que estamos a un paso de la decepción. Los ciudadanos no consiguen ver que los mecanismos de la democracia sirvan para resolver sus problemas. Tampoco para que funcionen los instrumentos de corrección. Y así, cuando se ven algunos apaños de la clase política, la frase más socorrida es «esto no es democracia ni es nada». ¿Cuántas veces hemos escuchado esa queja en conversaciones privadas? Conclusión: lo de menos es la intención de voto. Si el gobierno pierde unas elecciones, se le cambia y no pasa nada. Lo peor es el clima de desconfianza que empieza a calar en la ciudadanía. En algunos aspectos, tiene todos los síntomas de apuntar hacia una crisis del sistema.