LA ASPILLERA
Gamoneda: luces en la gruta
«JURO que la belleza /no proporciona dulces/ sueños, sino el insomnio/purísimo del hielo,/ la dura, indeclinable/materia del relámpago./ Hay que ser muy hombre para/ soportar la belleza...». El Cervantes ha premiado a un poeta dicen que oculto pero que, por encima de fríos, muertes e hipocondrias, ama la vida y la belleza. Se ha premiado, de paso, lo que Gamoneda llama el «fervor minoritario» que emana del lector fiel y atento, es decir, de esa complicidad que justifica la existencia, todavía, de ese ejercicio extraño y despilfarrador de espacios en blanco llamado poesía. «La poesía es un vicio necesario y solitario, que tienen luego un grupo de gente que se solidariza contigo en la lectura», ha dicho el poeta de Sierra-Pambley, vigía permanente de grajos y luces góticas. Sí, la poesía tiene una parroquia escasa, pero fervorosa. Siguen encendidos candiles en la gruta señalando caminos que invitan a huir del gregarismo y de la masificación. Quizá ni los poetas, ni la poesía, «sirvan» para nada pero sigue siendo necesaria, muy necesaria, al menos para revelarnos, y recordarnos, que hay cosas que carecen de otra cosa... salvo de importancia. La poesía no es ficción ha dicho también el poeta sino que está construida con los materiales de la verdad y de la vida, tan ajenos a nuestro tiempo. En efecto, es de las palabras, y de su música, de donde nace la poesía y es cuando hay detrás un honrado orfebre cuando se produce el milagro: «La luz, distribuida en la aspereza,/ reconcilia a las bestias; luego baja/ hasta las huellas del pastor, asiste/ al huracán azul de las palomas,/ hace crujir el campo y acrecienta/ la agilidad insigne de los pájaros». Se premia el valor de la palabra obsesivamente justa, el tesón de la individualidad y el trabajo silencioso, estridentes contrapuntos a toda esa calderilla de valores con la que llenamos cotidianamente los bolsillos, los de tela y los del alma. Sólo el poeta puede, como decía Machado, «mirar lo qu e está lejos». Antonio Gamoneda es también de capaz de atisbar esos horizontes y encender llamas de esperan za. Es posible que su trabajo poético no sea fácilmente «inteligible», sobre todo para los recién llegados a su particular universo, pero estamos ante una poesía que finalmente «engancha ». Una escritura exigente precisa de una lectura exigente y, cuando eso se produce, se percata el lector de que por allí circula un río subterráneo, hondo y sincero, que mueve nuestras fibras más sensibles. Ojalá este galardón, el Nobel de nuestras letras -que se suma al premio Reina Sofía entregado ayer mismo al poeta-, consiga ampliar la breve pero fervorosa parroquia que aún disfruta con los más sutiles alimentos del alma. A orillas de la Catedral lucirá, desde hoy, con legítimo orgullo para todos los leoneses, la luz del Cervantes que, en este caso, ilumina lo que Gamoneda llama el «milagro adivinatorio», la sorpresa constante de la palabra trabajada a cincel. Cuando las palabras se han desgastado de forma suicida hasta lo indecible, conviene regresar a las grutas donde se guardan las palabras de verdad. Aunque, cegatos como estamos, tengamos que entrar «con antorchas», como alguien dijo que había que entrar a los versos de Garcilaso. (Lanzo dardos de enhorabuena desde la aspillera).