EN DERREDOR
Necrofagia en la televisión
EL ÚLTIMO episodio del falso paraíso televisivo que ofrecen quienes se dedican a ajetrear la más noble víscera humana, es el aplazamiento en la difusión de un video porque la justicia ha considerado que podía haber indicios de que se atacaba el honor de una persona. Muerta por más señas. Dura obligación para ese juez que haya tenido que hacer el visionado, relativo a un desliz de bragueta del conocido en su día por El Pescadilla, marido de Lola Flores. A reina muerta, rey puesto, y también en este caso difunto, como aquella: Antonio González toma el testigo de Encarna Sánchez. Que Rafael Azcona busque la próxima víctima. También aquí las dos Españas: la de la memoria histórica y ésta de la memoria histérica. La decisión judicial ha dado pie al presentador del más deleznable producto del género, para hacer una comparación irritante. En uno de los contados espacios televisivos de crítica seria de la otra televisión, se ha podido escuchar al individuo en cuestión. Afirmaba que él, dada su edad, no podría contar que corrió delante de los grises del franquismo, pero sí estaba en condiciones de presumir de que un juez le ha prohibido emitir un video. Más o menos como si fuera un perseguido ahogado por un contexto nada permisivo. Ya hemos visto autoproclamarse presa política a una mujer después de haber pasado por la cárcel por presuntos y graves delitos urbanísticos y estar en libertad condicional. Los asfixiados son los demás, ante una pléyade de asaltantes del cuché y vampiros de la sístole y diástole, que adoptan las más de las veces actitudes de juglares cuando ni siquiera llegan a payasos. Ensucian cualquier sentimiento y provocan en espectadores poco formados y carentes de información pautas de conducta lamentables. Pueden dar con hecho que uno solo de aquellos grises mentados en vano, acababa con todos. Hasta tienen la suerte de vivir en este tiempo en que son jueces y no partidas de la porra con uniforme los que dirimen los asuntos.