TRIBUNA
Políticamente incorrectos y literariamente mucho más
No es habitual que un programa de radio o de televisión me trastorne la somnolencia digestiva del almuerzo. Ambos medios son buenos somníferos. Pero el postrero día de noviembre ha sido una excepción. Tal vez por ruido excesivo o determinismo metafísico, el caso es que comencé a percibir, pasadas las cuatro de la tarde, una voz entre sombras que anunciaba la feliz noticia del Premio Cervantes otorgado al poeta Antonio Gamoneda. Pero lo que oí a continuación me devolvió a la prosaica realidad cotidiana. La partitocracia que devora todo, también echaba el colmillo cainita a Talia, Erato y Caliope, las tres musas de la poesía. Son los tiempos que corren, donde cualquier cosa es objeto de incienso o vilipendio, según el color de la bandera o las siglas políticas que la amparen. Se oye diariamente el agrio batir de las dos Españas como en el bosque el choque de cuernos entre venados. Cuando no es por trasvase de aguas es por papeles de archivo; cuando no es por cifras de manifestantes es por pretéritos cadáveres, actuaciones judiciales, policiales etc., etc. Mientras tanto, los ciudadanos de tercera aguardamos impávidos, y por ahora desmovilizados, el desenlace. En esta pugna -más odiológica que ideológica- ¿cómo iba a quedar la poesía fuera de las trincheras? El programa de la Cope «La tarde con Cristina» fue el encargado de despabilarme del todo. Según los analistas de ese rosario de emisoras, hasta la fecha inaugural en enero de 2002, la franja horaria de sobremesa estaba dirigida por completo a un «público de izquierdas». Luego, no existía un espacio radiofónico para las personas ajenas a la progresía. Pero merced a la providencia divina, surgió de la nada la voz de doña Cristina López Schlichting, llegada en auxilio de los desamparados derechistas para que tuviesen voz y medio de expresión. En el transcurso, doña Cristina se ha declarado «políticamente incorrecta» a través de un libro y correctamente «conservadora y católica» a través de las ondas hertzianas. ¿Cómo un poeta -se preguntaba la locutora de la Cope- «nada o poco conocido» (es de suponer por ella y sus adjuntos), se haya impuesto en las votaciones a Ana María Matute o Juan Marsé? Pero la explicación estaba tan encima que bloqueaba el juicio, a saber: pasado antifranquista del premiado, relación con el abuelo de Zapatero, masonería, digitalización gubernamental...¡cómo no haber caído antes en algo tan evidente! Sin duda, doña Cristina ignoraba que Gamoneda tenía el reconocimiento laureado del «Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana», el «Castilla y León de las Letras» y el «Nacional de Poesía»; y que hoy en día es uno de los poetas españoles vivos más valorados a escala internacional. Como bien dijo, Antonio Machado, «el español desprecia cuanto ignora». Aunque, en este caso, la ignorancia y el desprecio son simples raíces adventicias de la zapaterofobia monográfica que rezuma la Cope a todas horas casi sin descanso. Y por favor, que nadie me incluya entre los partidarios del mayor «optimista antropológico» y «contentador automático» del país. Ya manifesté en este mismo espacio de opinión mi discrepancia contra su gestión a propósito de los papeles salmantinos transmigrados a Cataluña. La noticia de la concesión del Premio Cervantes a Antonio Gamoneda no ha sentado bien a la señora López Schlichting, y menos aún a sus correligionarios de la Cope. Como Gamoneda es leoné s desde los treinta meses de edad y Zapatero lo es también por adopción, la conclusión es lógica y no ofrece dudas: mangoneo del jurado por parte del Presidente del Gobierno. ¡Para qué entrar en criterios estrictamente literarios! Y como la zapaterofobia no ha de dejar ni un solo cabo suelto, la concesión del máximo galardón literario en nuestro país no podía ser excepción. El señor Losantos ( Oh, quebráronte la pierna, Federico, pero no conseguirán quebrarte el pic o), desde su vomitorio de la sexta hora del día, convirtió la crítica cristi na en repugnante mofa. Situó a Gamoneda en la esfera del lobbi literario leonés, de la insignificancia poética y la prebenda política. Según este inteligente proho mbre del denuesto y la querella, zascandil desde tierna edad entre la proa y popa de la ideología; y para quien el hombre más nefasto de la humanidad es -además de Fidel- Aristóteles por pensar aquello de que en el medio está la virtud, leer un libro de Gamoneda es algo tan pesado e indigesto que «puede provocar úlceras». Poeta humilde y sin ruido, mejor siguiese recluido en su silencio y humildad, es la conclusión que rebuznó uno de los comentaristas literarios de don Federico. Conceder premio tan excelso de las letras hispánicas a escritor tan «poca cosa», a quien el mismo comentarista ve superado, no ya por César Vallejo -¡por Dios!-, sino por cualquier chascarrillo rimado, es, subrayémoslo, una provocacion del señor Zapatero a sus adversarios. Pero, eso sí, al menos el señor Losantos manifestó, en su estilo montaraz y zahereño, que «había leído poco a Gamoneda», eufemismo que suele ser sinónimo de no haberle leído una sola palabra. Y así concluyó sobre Gamoneda este ilustradísimo termocéfalo asesor de la derecha, de quien quitar y quien poner, desgraciadamente ganado por la maledicencia. Con la bendición episcopal, que embolsa, gracias al radicalismo antigubernamental, sustanciosos eurocirios publicitarios. Y luego estos señores de mitra y báculo se escandalizan por el laicismo galopante, el lenguaje procaz, la decadencia moral, y demás lacras de la sociedad en que vivimos. A toda esta gente tan objetiva y tan amable, que no para mientes en desacreditar y mofarse, incluso de lo inefable, aunque se encuentre en la sucursal del cielo, aquí en la tierra, que Dios la perdone. Y acabo con un verso del poeta, contenido en Blue s castellano , de tan horrendo título a Federico: «Hagan ustedes la verdad mejor».