Diario de León
Publicado por
ARTURO MANEIRO
León

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HA MUERTO Pinochet. Ha muerto quien había sido un dictador hasta hace quince años. Ha desaparecido uno de los personajes que más páginas ha ocupado. Uno de los más denostados políticos. Un militar que dejó de ser dictador por medio de un método democrático. Ha muerto uno de esos símbolos que aglutinan las iras de una parte de la sociedad y los agradecimientos de otra. Muchas víctimas de sus atrocidades han luchado hasta el último momento contra él. Muchos revolucionarios reales y de salón habían pedido su cabeza con frecuencia. Ahora ya ha desaparecido, aunque su muerte no deje satisfechos a muchos de sus enemigos. La lucha contra los dictadores es uno de los objetivos más importantes de los países democráticos y desarrollados. Las dictaduras significan desprecio a los derechos humanos y a la seguridad jurídica de las personas. A la cultura de occidente debe resultarle siempre odiosa la figura de los dictadores, porque ejercen el poder sin contrapreso, sin freno, sin oposición. Las dictaduras son un caldo de cultivo en el que se desarrolla la irracionalidad de muchos seres violentos o impresentables. Las dictaduras atentan contra todos los derechos adquiridos en muchos años de civilización. Son sistemas políticos que promueven una convivencia social corrompida, donde unos ciudadanos se imponen a otros, donde los delatores son recompensados y las víctimas de las dilaciones no encuentran amparo; donde no existe la solidaridad; donde los más pobres llevan siempre las de perder. Lo malo de la sociedad occidental es que suele ejercer una lucha selectiva contra las dictaduras. Existen dictaduras a las que los países democráticos les perdonan, les comprenden. Los partidos políticos disculpan y justifican a unas mientras luchan contra otras. No parece que se luche contra la dictadura como concepto social, como organización política, como atentado permanente a los derechos humanos. Se lucha contra algunas dictaduras, contra algunos dictadores, pero no contra todos. Y esto hace que las sociedades occidentales y los partidos democráticos pierdan autoridad con sus críticas a la dictadura como sistema. A veces da la impresión también que todas las fuerzas opositoras a las dictaduras se centraban en la figura de Pinochet, cuando ya había dejado de ser dictador, mientras se olvidaban de los dictadores que seguían vulnerando todo tipo de derechos a sus pueblos en el momento actual. Se comprende o se justifica una y otra vez a Fidel Castro y a su atroz dictadura en Cuba. Se silencia o se justifica o no se combate, o se le dan premios a la dictadura de Teodoro Obiang en Guinea. Se abraza, se besa y reverencia al Rey de Marruecos, como si no fuera dueño y señor absoluto de su pueblo. Se silencia, o no se comenta, el sufrimiento del pueblo norcoreano por la acción todopoderosa de su dictador Kim Jong Il. Vive tranquilamente Muamar El Gadafi como señor de su país o Abdalá en Arabia Saudí. Y así otros tantos que no dejaron de ser dictadores, sino que siguen siéndolo en la actualidad. Es muy probable que si se utilizaran las mismas energías contra estas dictaduras como las que se gastaron contra Pinochet, se lograría una mejora de los derechos humanos en el mundo.

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