Diario de León
Publicado por
JORGE DEL CORRAL
León

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EN EL REINO de Siempre y Más hubo una vez un señor llamado Ignacio Buqueras que pensó que sus conciudadanos debían disfrutar más del tiempo libre y de su exuberante pero menguante naturaleza, invadida en sus más bellos parajes por el clan del ladrillo, una hermandad entre algunos políticos, promotores y constructores, que se empeñaba en convertir en pelotazo -modalidad de negocio a lo grande- todo lo que abarcaba su vista de lince, variedad de gato salvaje amenazada de extinción que, sin embargo, había mutado con éxito y alta reproducción en seres con dos piernas y largas manos. El hombre consiguió fondos para concienciar a las empresas, a las instituciones y a la población en general de que había que racionalizar los horarios españoles. Todos. Y se puso manos a la obra organizando reuniones, conferencias y congresos en los que, para dar ejemplo, se empezaba a las ocho de la mañana y se acababa a las cinco de la tarde, una hora muy lapona para cenar carne de reno. Después de charlar con los amigos y rayando la media noche, los ciudadanos de Siempre y Mas y los que habían cambiado las cañas por una cena de trabajo regresaban a sus casas y encendían la televisión para distraerse con alguno de los veinte canales públicos que a esa hora emitían similares programas de cotilleo, formato que hacía furor y que consistía en que unos invitados chillones y bien pagados ponían de vuelta y media a varios ausentes, y luego éstos acudían al programa siguiente, también mediante retribución, para dar merecida y justa réplica a los primeros. A Buqueras le costaba sudor cambiar las ancestrales costumbres de sus compatriotas, pero cosechó alguna victoria parcial. Así, consiguió, gracias al entusiasmo del ministro de Administraciones Públicas y al interesado empeño de los sindicatos, que los funcionarios de la Administración del Estado rebajasen más su jornada laboral hasta hacerla casi imperceptible. Fue una generosa contribución que los ciudadanos acogieron con simulada envidia no exenta de algún que otro cabreo. Pero, en fin, se decía, todo sea por la racionalización de los horarios. No ocurrió lo mismo con las veinte costosas y redundantes televisiones públicas, que se negaron a adaptar su parrilla a los fines del empeño, manteniendo el último informativo del día cuando clarea el siguiente, los programas culturales, educativos y de debate inmediatamente antes o después de ese noticiario y en formato mini para no cansar al espectador, y los rutilantes espacios del corazón, la casquería y la lencería salpicando la programación para subir las audiencias y justificar de este modo su existencia. El hombre no se daba por vencido y una y otra vez volvía a la carga, mientras en el Reino de Siempre y Más empezaba la Navidad.

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