LOS DECIBELIOS aumentan mucho en el segundo plato, cuando los comensales se han tomado ya unas copitas. Hablan todos a la vez y no se entienden, pero eso no tiene la menor importancia ya que no aspiran a entenderse sino a hablar. Están más contentos que unas Pascuas, no sólo porque están en Pascuas, sino porque están en un restaurante y no pagan. Paga esa entidad más o menos amada, que se denomina
. Quizá no sea muy dadivosa durante todo el año, pero cuando se aproxima su final echa los manteles por la ventana aprovechando que la teología se ha convertido en gastronomía. Hay otro tipo de comida de empresa a la que no asisten los empleados, sino los empresarios y proveedores. Son más silenciosas. El caso es que durante estas fiestas en las que celebra el mundo cristiano que
, se dispara el consumo de drogas. Las drogas son cada vez más baratas. Al contrario que los pisos y los portales, el precio de la cocaína ha caído un veinte por ciento, y en algunos de estos ágapes se lleva mucho como postre. Está bien introducir alguna que otra innovación en las tradiciones. No se sabe si estas comidas de empresa arrancan de la última a la que asistió Jesús de Nazaret. Los teólogos no dan importancia al dato de quién la pagó o si fue a escote. Tampoco se detienen en el menú ¿Habría vino de Cafarnaun y corderito de Esmirna? Los apóstoles no eran abstemios. Ni el Señor. De serlo no habría hecho el milagro de las bodas de Canaan. En San Lucas se lee una acusación de los fariseos a ese respecto. Sea como sea, las comidas de empresa se han convertido en algo obligatorio y están teniendo un gran éxito de público. Los restaurantes están a tope.