AVE DE PASO
Saramago
SARAMAGO es un escritor muy importante, con un Premio Nobel en su haber y sus declaraciones no suelen caer en saco roto. Es más, como todo ser mundialmente importante lleva siempre, apareados a su sombra, no se sabe cuántos micrófonos cumpliendo la función de altavoces. Ha de resultar duro lo de ser un hombre a un micrófono pegado, salvo que seas Fidel Castro a quien, por cierto, suele defender Saramago, lo que me parece muy bien: cada cual ha de defender a los que siente un poco suyo. El escritor estuvo en Barcelona recientemente donde hizo unas acusaciones contra la burbuja del primer mundo abocado a un consumo frenético mientras comete el crimen de olvidarse de ese tercer mundo condenado a la miseria y a la pobreza. Me gusten o no sus libros, a mí el señor Saramago me merece mucho respeto, sobre todo porque aunque no le conozca, algo tendrá el escritor cuando tanta gente le bendice. Sin perder ese respeto, pero, pienso que hay organizaciones que con gran esfuerzo de trabajo diario denuncian lo mismo todos los días del año, aportan pruebas demenciales contra nuestras co nciencias e incluso consiguen que algunos encontremos el valor de denunciarlo ante nuestros gobiernos que son los responsables de la situación ante altas instancias tan fundamentales como el Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial del Comercio, el G8, etcétera. Conviene no perder de vista que, fin de cuentas, la mayoría de personas del primer mundo vivimos, no siempre por voluntad propia, sujetos a la condición de consumidores en estados de derechos del consumidor cuya regla principal consiste en estar endeudados , lo que significa estar en deuda es decir, permanentemente agradecidos a ese gran dador de objetos a consumir llamado neoliberalismo ultra, un ente sin rostro, amoral, algo así como el gran amigo invisible que reparte premios y castigos según sus unilaterales y sectarios criterios entre quienes nos identifica como sus esclavos. Esclavos modernos, claro, con derecho a la sociedad tecnológica, a I+D, a la libertad de elección de marcas y con la obligación de pagar deudas hipotecarias durante 150 años que no viviremos, como prueba de agradecimiento eterno y sobre todo para no ser expulsados al infierno de los morosos donde la hiperfelicidad de la tarjeta de crédito con fecha de caducidad no existe. Apunta hacia el primer mundo, el señor Saramago, pero al no señalar nada concreto de ese gran galimatías en el que nos amontonamos unos contra otros, me gustaría preguntarle si sabe de qué otro horror huyeron y siguen huyendo los miles de cubanos, vivos y muertos, que un día soñaron que los días y las noches podían estar hechos de otra textura. Y mis disculpas si la pregunta es osada. Es la osadía del refugiado.