Diario de León
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FEDERICO ABASCAL
León

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EL PRESIDENTE del Gobierno reapareció ayer en público, y lo hizo ante las ruinas de la T-4 por las que ya habían desfilado los jerifaltes más representativos del PP. Se le había echado de menos a Rodríguez Zapatero durante un par de días, en los que algunos portavoces políticos coincidieron en la apreciación subliminal de que el atentado de Barajas vendría a ser, por sus consecuencias electorales, la contrafigura de la masacre del 11-M. O su imagen de espejo. Lo cual autoriza a predecir que la recomposición del consenso antiterrorista va a resultar extremadamente difícil. ZP no ha podido disimular el golpe que ETA ha infligido a su optimismo antropológico, aunque ayer intentaba que apareciera ante la prensa intacto. Improvisó unas declaraciones en Barajas junto a las ruinas de la T-4, obra civil de admirable exquisitez arquitectónica, como si alguien fuera a pasar lista y pudiera ponerle falta. Pero nunca, antes, había acudido un presidente del Gobierno, en la larga historia de ETA, al lugar de los escombros. Zapatero se desplazó anteayer al hotel donde se albergan los familiares de los dos ecuatorianos fallecidos para mostrarles la condolencia del país, que él representaba, y la suya propia, y en esa visita al dolor directo que ETA produce debió ver reflejado el presidente, más que en la destrucción material causada por el coche/bomba, la dimensión auténtica de lo que había sucedido. Puede seguir sintiéndose el presidente optimista ante el fin del terrorismo etarra, cuya caducidad no tiene fecha fija, y hasta puede convencer a la sociedad, que ya estaría mayoritariamente convencida, de que para el fin de la violencia y el logro de la paz va a poner lo mejor de sí mismo, «toda la determinación y toda la fuerza democrática» que los ciudadanos le dieron en su día en las urnas, y que «la energía y la determinación» que tiene «para ver el fin de la violencia... es aún hoy, si cabe, mucho mayor». Pero ahí está la pregunta que el PP reiteradamente formula, y es el cómo, qué política antiterrorista va a seguir a partir de ahora el Gobierno. Del camino a seguir se debatirá en un pleno del Congreso al que el mismo Zapatero desea informar y persuadir, pero no antes de que las prospecciones políticas que va realizar el ministro Rubalcaba en los grupos parlamentarios, a partir del martes, revelen si hay alguna posibilidad de consenso con el PP o si, en caso de no haberla, hasta dónde llevaría el PP su agresividad dialéctica o su razonamiento circunstancial. Convendría añadir que la sociedad española, por lo que se percibe en la calle -y la calle son los autobuses, los bares o la panadería-, no sólo está crispada por reflejo de la crispación en la esfera pública, sino que empieza a estar harta, en algunos sectores al menos, del juego que se traen los políticos entre manos, estrechando tanto la puerta del consenso al adversario que el consenso se hace pura quimera. El hecho perceptible de que muchos ciudadanos den ya la espalda a la política está debilitando la democracia peligrosamente. A las elecciones sólo acudirían, si una epidemia de sentido común no lo remediase, los incondicionales o fanáticos de cada bando o partido, en una producción lamentable y acelerada de ayatolas hispánicos.

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