EN EL FILO
Rajoy asfixia a Zapatero
LA PRÓXIMA campaña electoral es tan inminente que ya ha empezado. Empezó ayer, si atendemos al discurso en el que el líder de la oposición, más que explicar su entrevista con el presidente del Gobierno, expuso con una argumentación al parecer inquebrantable la estrategia antiterrorista del PP como recambio a la fracasada de Rodríguez Zapatero. Sonó en Génova 13 el pistoletazo de salida en una carrera hacia las urnas que podría acelerarse progresivamente si Mariano Rajoy sintiera que su partido ya toca el techo del poder con las manos. Uno de los efectos colaterales de la acción terrorista de ETA es la influencia que ejercen sus atentados en la política española. Se ha dicho ya mil veces que sin la cadena de asesinatos etarras en los años siguientes a la muerte de Franco los militares más levantiscos no hubieran ni soñado con organizar el dramático y esperpéntico 23-F, con el olvidado Tejero en el papel de histrión. Aquella asonada pintoresca vacunó a nuestros ejércitos contra el golpismo, así como la aparición globalizada del terrorismo islamista, con la demolición de las Torres Gemelas y, sobre todo, con la espeluznante matanza de 11-M en Atocha y cercanías, pareció convencer a ETA de que seguir atentando en España vendría a ser como orinar junto a las cataratas del Niágara. Pero ETA ha vuelto a matar, y las dos víctimas ecuatorianas rescatadas de los escombros de la Terminal 4 de Barajas han roto un proceso de paz en cuyo fracaso se ha dejado el presidente Zapatero muchas plumas, sobre todo por su esfuerzo en inspirar desorbitadas esperanzas que la banda terrorista ha volatilizado. Así se ve ahora que en el escenario político hay cierto desorden, con la figura del presidente oscurecida mientras Rajoy se desplaza hacia las candilejas. Y ahora, ante el camino del diálogo con ETA cerrado a cal y canto, hay que improvisar un guión, pues nada se había escrito por si ETA dinamitaba las previsiones, tanta certeza había en que la banda quería la paz a pesar de los indicios que sugerían lo contrario. No debe caerse de los labios que ETA siempre es única responsable de sus acciones terroristas, lo que impide que a cualquier Gobierno se le pudiera considerar culpable. Pero lamentablemente el juego político y el ansia lícita de poder llevan toda la legislatura reflejando en el trasluz del terrorismo la bondad o la maldad de la estrategia frente a ETA del Gobierno o de la alternativa estratégica del PP. Y el PP ha visto en la quiebra del llamado proceso de paz la oportunidad de someter a Zapatero al juicio anticipado de las urnas o a una etapa de tan fuerte desgaste político y personal que habría de llegar a las elecciones sin resuello. Está ZP en las cuerdas del ring, y Rajoy pudo comprobarlo ayer cara a cara, por lo que en vez de glosar después de la entrevista lo que en ella se había dialogado pronunció un solemne discurso acotando la capacidad de maniobra del Zapatero, a quien no le permite otra salida que el pacto antiterrorista. Pero no sería ahora el momento de reactivar ese pacto, de preámbulo excluyente, cuando la pluralidad política del país aconseja que ninguna fuerza parlamentaria y ningún territorio se vean marginados de un consenso antiterrorista nacional.