Diario de León
Publicado por
JUAN ANTONIO GARCÍA AMADO
León

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DESPUÉS DE ESCUCHAR a Rodríguez Zapatero y a Mariano Rajoy en el debate del lunes 15 sobre el terrorismo de ETA y las medidas que conviene tomar, se ratifica uno en la sospecha de que aquí pasan cosas raras con el lenguaje y se están trastocando los conceptos. Cualquiera que contemple la situación con una mínima distancia crítica tendrá que hacerse esta pregunta: ¿de qué diablos estamos hablando? Me parece que Zapatero y Rajoy tienen con el lenguaje una relación inversa, perversa la de ambos. Los discursos de Zapatero significan menos de lo que dicen, la semántica se le escabulle y se le queda en puro ruido. Por contra, Rajoy expresa más cosas de las que quiere manifestar, a él la semántica se le descontrola, se le revientan las palabras en más significados de los que seguramente pretende manifestar. De ahí los efectos paradójicos de las exposiciones de ambos. La mala leche esencial de Zapatero queda disuelta en una sarta de frases vacías que a todos contentan, pues el suyo es alegato descafeinado, ni chicha ni limonada, trivialidades envueltas en sustantivos de colorines. Pasa de puntillas sobre los asuntos que queman, no se compromete y escurre el bulto a base de encadenar tópicos y frases propias de libracos de autoayuda, con la misma facilidad con que el calamar suelta tinta para evadirse de sus depredadores. Son las ventajas de la ausencia de ideología y de la carencia de cimiento intelectual. A nadie intoxican sus palabras, pues son bajas en grasas, acalóricas, conceptos de dieta, a la medida de ciudadanos de moral anoréxica, reacios a las convicciones y enemigos de la reflexión. La bonhomía en el talante la tiene Rajoy posiblemente, pero es incapaz de expresarse como el liberal tolerante que amaga ser y sus frases resuenan como truenos en playa de veraneantes. El de León lo saca de sus casillas igual que al torero lo desespera el toro que no embiste como se le supone. Así que el gallego se pasa con las banderillas y el respetable acaba abucheándolo por sanguinario. Luego, naturalmente, acaba fallando con la espada. La perplejidad del auditorio que se quiera serio resulta inevitable. El público, la ciudadanía, se acostumbra a interpretar el debate por los sobreentendidos más que por las afirmaciones. La nueva retórica política y parlamentaria se compone de silencios y de regates al diccionario. Ya sólo significan las formas y ya sólo puntúan las omisiones. Todo el país analiza con afán crítico quién estuvo más duro y cuál se pilló los dedos por decir cosas tangibles. Las palabras son puro ruido, los términos valen sólo en lo que tengan de ambiguos. El que se moja pierde. Cada imputación directa al otro, cada acusación precisa cuenta como gol en propia puerta. La letra no importa, el nuevo arte consiste solamente en tararear melodías pegadizas. Tararí, tararí, tarará. Diálogo, libertad, consenso Si nos ponemos a preguntar diálogo con quién, libertad de quién y para qué, consenso sobre qué, se rompe el hechizo, se nos agita el duermevela. Mientras las masas hibernan, acunadas por los dulces cantos, los políticos se aseguran la impunidad para hacer lo que les venga en gana. Opio para el pueblo, sedante verbal, kif fumado en la gran pipa de la paz. El pueblo flipando, dulce letargo. Amamos a esos traficantes parlamentarios. Si la semántica contara y estuviera bien avenida con la pragmática, los acuerdos que parecen imposibles se harían inevitables. Un ejemplo, quizá el más relevante. Rajoy dice que no se puede negociar con los violentos. Zapatero insiste en que no admite ni admitirá negociaciones si hay violencia. Parecería que están diciendo lo mismo. Pero resulta que no, por lo visto. Las razones habrá que buscarlas en las oscuras simas donde la semántica se da la mano con la ontología y la psicología deja su plaza a la psiquiatría. A Rajoy deberíamos preguntarle en qué momento deja de ser violento el que lo fue un tiempo o si la violencia que una vez se ejerció marca a fuego para siempre, imprime carácter como los sacramentos. Y convendría que Zapatero, por una vez y sin que sirva de precedente, contestara con precisión a una pregunta bien concreta: ¿cuándo acaba la violencia? ¿cuánto tiempo debe pasar después de un atentado para que el diálogo con sus autores no sea concesión a la violencia? ¿Un día? ¿Un mes? ¿Un año? Para Rajoy la violencia es un estado permanente y que se sigue manifestando aun en el tiempo en que ya no se practica. Por eso para él lo etarras serán violentos siempre y hagan lo que hagan. Para Zapatero, la violencia es una mera interrupción, puntual, momentánea, del e stado normal de las cosas, que es el estado de paz, de quietud. De ahí que conciba las acciones de los etarras como obnubilaciones pasajeras de ciudadanos pacíficos en esencia. El uno trata la violencia de ETA como regla que va más allá de los acontecimientos reales, aun de los hipotéticos. El otro la entiende como excepción, como interrupción de la paz, ocasional por definición y también de carácter contrafáctico. Para Rajoy habrá terrorismo incluso si los etarras dejan de atentar; para Zapatero no lo hay propiamente ni cuando atentan o se disponen a hacerlo, de ahí el lapsus repetido. Los dos están radicalmente incapacitados para comprender la realidad, víctimas ambos de daltonismo moral o de una percepción carente de matices, puro blanco -Zapatero- y negro -Rajoy-. Esa rigidez mental de ambos, esa unidimensionalidad de sus personalidades que los lleva a pensar que el mundo es como ellos lo ven con su desenfoque, aboca a los dos, curiosamente, a un imposible práctico: Rajoy no está en condiciones de gestionar la paz; Zapatero no tiene capacidad para acabar con la violencia. Lo ideal sería que uno y otro, y quienes los jalean, se quitasen de en medio. O, si no, que sus papeles se invirtieran. La pesimista concepción de Rajoy sería más adecuada para acorralar a los violentos, expropiándoles las esperanzas de sacar tajada. La personalidad optimista y confiada de Zapatero vendría mucho mejor para acordar al final una salida honorable y tenuemente generosa para todas las partes. Porque tal como estamos, como están y como son, no vamos a ningún lado. La victoria final y gratis que pretende Rajoy es un imposible, por desgracia. El pacífico, sonriente y gratuito acuerdo por las buenas con asesinos crecidos y fanáticos, a cuya ensoñación se abandona Zapatero, es otra quimera, también por desgracia. La síntesis de Zapatero y Rajoy, cada cual con su cortedad de miras y sus obsesiones, es la mejor receta para que las cosas sigan eternamente como están y el gran problema del terrorismo etarra no se solucione. Los malos son los etarras, eso no se discute. Al menos no lo discuten las buenas personas. Pero Zapatero y Rajoy, Rajoy y Zapatero, son parte decisiva del problema en este momento. La única salida sería un verdadero acuerdo entre ellos y entre sus partidos, ellos solos para empezar y luego ya veríamos. Pero eso no lo quieren ni el uno ni el otro, por mucho que digan. No lo quieren porque son incapaces. Incapaces en el más puro y profundo sentido del término. Y nosotros, los ciudadanos, a verlas venir o, lo que es peor, tomando partido por el uno o por el otro. Justo lo último que deberíamos hacer, lo que menos nos conviene.

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