TRIBUNA
André Frossard, periodista
EL TREN llevaba una marcha persistente en su regularidad, sin ruido ni rechinamientos a su paso por agujas; el antiguo golpeteo de las ruedas en los empalmes de los raíles, se había trocado ahora en suave deslizamiento, casi en rítmico compás, propicio para dejar volar la imaginación hacia un ritornelo de evocaciones. Ay, el tren de Campoamor, «que más que correr, volaba»; o el discreto encanto de los vagones con sillones chipendale, del Oriente Express, escenario de alguna de las tramas policíacas de Aghata Christie, a quien «ayudaba» la perspicacia de Hércules Poirot. O el Transiberiano, el f.c. más largo del mundo -casi diez mil km. desde Moscú a Vladivostok- un tren al que los realizadores de la película Doctor Zhivago hicieron recorrer la estepa siberiana, si bien en el rodaje no se rebasara¿ la provincia de Soria. A todo esto, y aparcadas las memorias de esos y otros convoyes férreos peliculeros, puntualizo que yo viajaba en un vagón confortable de un ibérico expréss nocturno, en un periplo relativamente próximo a las estribaciones pirenaicas. Francia estaba, como en el eslogan sobre Portugal, cerca, y sin embargo lejos. El crepúsculo se precipitaba inexorable al cuadrilátero de mi ventanilla oscureciendo el paisaje en juegos de claroscuros multiformes, como de calidoscopio. Todo perdía contorno y definición, mientras a mi alrededor la larga mano de la atardecida obligaba a encender la luz eléctrica para un ambiente, más que de coche de viajeros, de café de finales del XIX. Procuré arrellanarme en la butaca y dejé que el pensamiento vagara libérrimo. De pronto, apareció ante mí la figura de un hombre bien vestido, delgado, de mediana edad y con evidentes muestras de conocer el uso de las buenas maneras. Me rogó que le permitiera acomodarse en el asiento situado enfrente del que yo ocupaba y, una vez en él, sacó una revista francesa de su bolsa de viaje, y se enfrascó en la lectura. Como en materia de conversaciones en los medios de transporte, no soy ni lacónico por sistema, ni gárrulo parlante, opté por dedicarme a mis propias cogitaciones. Ya saben lo que decía Lope, que para andar consigo, bastaban los propios pensamientos. Pero el hombre propone y Dios dispone: el viajero recién llegado me hizo varias preguntas, en correcto español, con ligero acento galo. Hablando, hablando, llegamos a la conclusión de que los dos éramos periodistas, aunque al decirme su nombre -André Frossard- supe que, además de sentirse honrado, como me señaló, con nuestro oficio, mi interlocutor pertenecía nada menos que a la Academia Francesa. Se trataba por tanto de un prestigioso escritor, dentro y fuera de su país. Después de tejerse en el tono de nuestra charla invisibles hilos de confidencia y cordialidad, me atreví a interrogarle a propósito de una aparente contradicción en un pasaje de su biografía: ¿cómo siendo una persona de extracción política izquierdista, consintió que su padre (primer secretario general del P.C. Francés) le recomendara para el cargo de redactor en un periódico más bien conservador y perteneciente a un naviero, por más señas? «Porque -fue su respuesta- el periodismo me agradaba cuando no me exponía a la hostilidad de algunas gentes que todavía desconfiaban de los periódicos, (¿); llevaba, en el oficio, una vida de adulto mucho antes de serlo. Además, siguió Frossard, un buen día el periódico que me empleaba me despidió sin explicaciones. De ahí la reacción de mi padre de llevarme al periódico rival, circunstancia que motivó la pregunta que usted me formulaba». (Frossard ha escrito un libro -con más de veinte ediciones- titulado Dios existe, yo me lo encontré , en el cuál, de forma paradigmática, explica, primero, la «gracia» espiritual que experimenta, tras un pasado hostil a todo lo religioso en su adolescencia. Él mismo lo cuenta: «aquí me sobreviene el acontecimiento que está en el centro, debería decir del comienzo, de mi vida, puesto que ésta, por la gracia del bautismo, debía revestir la forma de un nuevo nacimiento». Y en segundo lugar, narra su particular «camino de Damasco», en un relato conmovedor: «Habiendo entrado a las cinco y diez de la tarde en la capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra»¿) A medida que avanzábamos en el diálogo, Frossard me daba pie, con sus palabras, para nuevas preguntas: «Usted sabe, le indiqué, que el 24 de enero, la Iglesia celebra la fiesta de San Francisco de Sales, patrón de los periodistas, pues bien, ¿qué norma o pauta de conducta profesional les daría a nuestros compañeros, en fecha tan significativa»? «Me dice -replicó dirigiendo su mirada a mis ojos- que ha leído mi libro « Dios existe¿ », en esa obra subrayo el impacto que un periodista novato vive al llegar, por primera vez, a una redacción: A mí, unos (compañeros) me ayudaron amablemente a formarme esa mezcla de escepticismo y candidez que hace de un periodista un chico que lo ha visto todo y que sin embargo se asombra aún de lo que a nadie sorprende ya. Y otros, contribuyeron¿ a malformarme». (¿) «Un auténtico compañero, como mi amigo Willemin, ex-católico, y vuelto finalmente al seno de la Iglesia, me ayudó generosamente con su visión de la vida, de la cual hacía un poema fantástico». Eso era (el consejo profesional, la búsqueda de la verdad y la práctica de la lealtad) humano desprendimiento, y buen uso de la libertad hacia la verdad. Mi «camino de Damasco», como usted lo califica, me ha cambiado, y soy feliz. (¿) «Según las Escrituras, la Gracia no hace acepción de personas, y creo haber demostrado que, dirigiéndose a mí, se dirigía a cada hijo de vecino. Lo que me ha sucedido -mi conversión- le puede suceder a todo el mundo; al mejor, al menos bueno, al que sabe, al que cree saber; al lector, mañana mismo, esta tarde quizás; con seguridad, un día»¿ Un bulto caído encima de mis piernas, a consecuencia del frenazo -algo brusco- del tren, en la estación de Huesca, me devolvió al mundo real. Desde el asiento que tenía que ser de André Frossard, una sonriente señora me preguntaba sobre «si su maletín me había hecho daño»; y también, «que no se había atrevido a despertarme, cuando pasó a su asiento»¿ De una cosa estoy seguro, la de haber vivido (a pesar de que «solamente» fuese en términos oníricos) una experiencia grata y reconfortante. E igualmente advierto de la autenticidad de otra: los conceptos atribuidos a Frossard en «nuestra conversación» están contenidos en las páginas de su citado libro Dios existe, yo me lo encontré. Gracias, pues, a él¿ y a San Francisco de Sales, inspirador de este artículo y patrón de los periodistas, cuyo día conmemoramos hoy.