EN DERREDOR
El caso De Juana
HAY MOMENTOS de la vida nacional en que del norte al sur del país todo parece un inmenso campo de fútbol y cualquier cuestión trascendente que ocurra en ese escenario se trata con la misma frivolidad que los avatares del Ronaldo de turno. Otra vez más, y van muchas, sólo nos ha faltado poner a los jueces en calzón corto, pero lo que sí se ha hecho es juzgarles con el mismo desparpajo que a los jugadores de fútbol o a las personajes de Eva Hache o Buenafuente. Con el matiz de que cualquier tuercebotas sin otro criterio que lo que lee en los posos del café, pontifica aquí y allá con lo que han hecho o deberían hacer los togados con el destino de ese monstruo que hemos convenido en llamar De Juana Chaos. De aquellos polvos vienen estos lodos, porque nunca en los últimos años se cometió un error tan grave como aquel del que se hizo víctima al repugnante asesino. En lugar de aceptar su salida de la cárcel, porque de acuerdo con cualquier criterio había cumplido su pena, si nos atenemos a la legislación entonces vigente, se quiso complacer a la ciudadanía indignada aplicándole un castigo que distaba del que podía merecerse por lo que se pretendía sancionar, aunque lo que se intentaba en el fondo era aplicarle un severo castigo retroactivo. A partir de ahí, todo lo que se hiciera con él resultaba necesariamente polémico. Cabe confiar que se calmen pronto las declaraciones de ofendidos y satisfechos, que lo son porque la resolución judicial les ha dado por el palo del gusto o va en contra de sus prejuicios sobre el caso. Quizá lo más importante que podamos aprender todos del caso De Juana Chaos es que no se puede legislar ni aplicar la ley a saltos y a la medida de nuestra última emoción. Si no lo hacemos así, si no lo hacen de este modo, crearemos víctimas o héroes que alguien vendrá que aproveche para cualquier otro fin que no sea el de hacer justicia.