Diario de León
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León

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El invierno ha tardado en llegar, pero al final su gelidez marca un punto y seguido en la rutina en la que me encuentro. A través de los cristales que nos separan del mundo y nos encierran en esta cárcel del tiempo, distingo siluetas que se mueven fugazmente y cruzan la calle inmersas en sus pensamientos diarios. Las personas emergen una vez más y nosotros nos preparamos para servirlas con la mayor diligencia posible. Se podría decir que nuestro trabajo consiste en conocer a las personas y darles a cada una lo que buscan pero que quizás aún no lo saben. El comercio es, por suerte o por desgracia, casi todo nuestro mundo. Las horas se hacen eternas entre estas cuatro paredes, y los pequeños momentos que llenan la vida son fragmentos diminutos que se me escapan. Somos los vencidos frente al horario dictado por alguien que parece ajeno al mundo cotidiano de esta ciudad. Esclavos de una rutina que, acompañada por una pequeña parte de creatividad humana, nos ancla a un mar alejado del llamado por los sabios «desarrollo del espíritu». Y así, el gran buque insignia que es el comercio para la pequeña León, se pierde en el océano de la dependencia. Anegando a sus marineros a guiar sus vidas irremediablemente contra el iceberg de la rutina y de la oscuridad para sus inquietas almas. Aún es pronto y los ciudadanos se alejan de la puerta que los introduce en nuestro mundo, así que espero ese momento entre las líneas del diario. Paso las páginas del manuscrito del pueblo al ritmo que los días pasan por mi vida y pienso en lo que me estoy perdiendo. «¿Por qué una ciudad que subsiste de nuestro oficio ha creado unas actividades y unos placeres espirituales a un horario imposible salvo para unos pocos?; ¿acaso no tenemos derecho a la cultura nosotros los encargados de vestir, endulzar, alimentar... vuestras vidas?». Y mientras pienso en ello, encuentro páginas llenas de actividades que me perderé, de momentos «públicos» que no llenarán mi existencia, y, aunque podía resignarme a esta cruda realidad un día más, levanto la vista de entre las palabras y miro a través del reducido horizonte. Me da la impresión que están comenzando a caer suavemente los primeros copos de la tan llorada nieve. Su banda sonora es la canción «Serenade» que suena por el hilo musical y, catárticamente, me doy cuenta que yo, al igual que el personaje de la canción, también estoy contemplando la vida desde mi estación; perdido en el tiempo, perdido en otra dimensión. Deleitándome con la llegada de la última y a la vez primera estación del año. Quizás, la única belleza onírica que se me permite admirar en cualquier momento y que me da unas pocas ilusiones renovadas, pues, a mi pesar, soy un siervo de las cuatro estaciones. Diego Aragón Simón (Villacedré). Me gustaría que al señor que escribe su tribuna política «Desde el Rubicón», le pudiera puntualizar una serie de cuestiones que me vienen a la mente cada vez que veo sus escritos, pues, aunque no quiera, como destaca en letra grande lo que quiere, no me queda más remedio que leerlo. Parece que este señor tenga más interés en la Agrupación Local del PSOE de Villaquilambre que la que ha tenido el secretario provincial de León, pues pretende estar muy informado sobre las actuaciones que hemos llevado a cabo los militantes de la misma hasta el día 31 de enero. La última, sobre la que ya aluciné, es el poner en duda las firmas de los militantes que nos hemos dado de baja. Le rogaría que no pusiera en cuestión la existencia de las mismas y si realmente tiene derecho a verlas creo que ninguno de los que hemos firmado tengamos inconveniente en que las revise una a una. Pero, por favor que tergiverse la información beneficiando claramente al verdadero culpable y mano negra que parece tener por detrás, que no es más que nuestro secretario provincial. Él sí ha visto las firmas, así como el secretario de Organización del PSOE de Madrid, el secretario de Política Municipal y Participación del Partido Socialista de Madrid y el secretario general del PSOE de Castilla y León, que realmente son los que deben tenerlas y a los que deberían preocupar. Josefa Velasco Arenas (Villaquilambre). José L. García Lorenso (En la edición diariodeleon.es).

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