EL BALCÓN DEL PUEBLO
El pueblo y su patrimonio
SEGURO QUE LA CASI totalidad de los columnistas políticos se han quedado entre las uñas con la carnaza servida por la sesión parlamentaria de control al Gobierno. O con la afirmación rotunda, precisa y firme, del ministro de Justicia de que vigilará con lupa la presentación de un partido ilegal, léase Batasuna, a las elecciones municipales vascas. Sigue hirviendo el acoso popular por la política antiterrorista y penitenciaria. Pero yo no voy a caer en la tentación. Estoy orgulloso de mirar desde este balcón de provincias. Y hoy lo hago para reflexionar sobre la reciente desaparición de la lápida visigoda de Montes de Valdueza. Creo que ha sido una ocasión para dejar en evidencia a todos los respresentantes políticos que se precipitaron al hacer declaraciones sin conocimiento real de los hechos. A medida que pasan los días, lo que primero parecía un robo, aparenta cada vez más ser un depósito a buen recaudo para impedir que la lápida bajara a Ponferrada para ser expuesta en las Edades del Hombre. En el pueblo aventaban el peligro de que les devolvieran una copia o nada. A favor de esta tesis está el precedente de que el pueblo ya impidió en 1990 que la lápida fuera llevada a Burgos para ser expuesta en una de las primeras ediciones de las Edades. Estos hechos de enfrentamientos entre párrocos y pueblos no deben ser considerados aislada y anecdóticamente. Durante el último año hemos leido el enfrentamiento entre el pueblo de Moscas del Páramo y su cura párroco por la desaparición de una cruz procesional de plata. O el litigio de Laguna de Negrillos con el Obispado de León porque éste, recientemente, inscribió en el Registro de la Propiedad una ermita que los habitantes de la localidad consideran propia. Es decir: cada vez que se produce una valoración creciente del patrimonio histórico y religioso, también se produce una disputa sobre a quién pertenece ese patrimonio, quién puede disponer de él y dónde debe conservarse: si en los sitios en los que ha permanecido durante siglos, o en los museos. Si los pueblos y administraciones han mantenido el patrimonio -y deben seguir haciéndolo- con sus aportaciones personales y económicas, cada vez será más difícil que los curas párrocos, los cabildos o los obispos tomen decisiones unilaterales sobre esos bienes. Lo que parece seguro es que, afortunadamente, ya no estamos en los tiempos en que el patrimonio que existía en las iglesias rurales desapareció en gran parte pasando por las manos de traficantes y anticuarios. Se hicieron ricos decorando mansiones de millonarios. Era la moneda corriente de cambio hasta hace sólo veinticinco años. Ya sabemos, por otro lado, que una parte importante del patrimonio se perdió por el abandono y la incuria. Pero no hay ninguna duda: lo mejor se vendió, revendió y voló incluso al otro lado del océano. Un último argumento: Si ahora parece que todo el mundo está de acuerdo en que hay qure evitar la despoblación rural; en que hay que mantener vivos a nuestros pueblos, ¿no se debe comenzar por mantener en ellos el patrimonio histórico o artístico que aún les queda?