Diario de León
León

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SEGÚN el último número de la prestigiosa revista científica Nature , ya ha sido localizada la zona del cerebro en la que resolvemos los dilemas morales. La tuerca del juicio. Al parecer, su alteración provoca que determinados individuos tomen sin inmutarse decisiones que a otros, ya sólo el mero planteamiento, lleva a angustias metafísicas y hamletianas. Alfa dispara desde una trinchera y toda su existencia se pregunta con pesar si aquel proyectil sesgó una vida; Omega ordena sin titubeo la ejecución de miles de prisioneros, y esa misma noche sueña con verdes pastos y música de zítara. Quizá detrás de ciertos líderes políticos -de la actualidad y del pasado- no haya más que frialdad patológica, la prepotencia de quien no siente nada; vamos, que tienen oxidada la tuerca de las emociones. Carecer de remordimientos ayuda a pasar a la Historia, lo saben muy bien quienes se ufanan de no temblarles jamás el pulso. La corteza prefrontal ventromedial es el territorio interior en donde nuestros sentimientos y juicios morales se ponen en marcha; su buen estado posibilita que la mayoría nos sintamos incapaces de ordenar que Troya sea destruida, mientras que quienes lo tienen alterado sí lo son y además bostezan al contemplar las llamas. Somos seres inicialmente programados para el bien, la capacidad de plantearnos dilemas éticos nos diferencia de las bestias. No obstante, todos conocemos tipos con quienes uno no desearía toparse en la oscuridad del rayano de la escalera, no digamos ya en una guerra civil. Lástima que la atrofia emocional no se solucione con tres en uno. De momento, hay quienes confunden no sentir remordimientos con carecer de motivos para ello. Y a estos no se sabe si les falta una tuerca o, por el contrario, les sobra. Son muy peligrosos.

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