TRIBUNA
La estela de La Dama
ANTE LAS DIFERENTES perspectivas que nos ofrecía el buen día, soleado y carente de nubes, optamos, en principio, por llevar la contraria al río Torío. Cruzamos la vía del ferrocarril en Matallana. -Ya estamos en la montaña, le dije a mi hijo. -Como sabes este ferrocarril, tradicionalmente, representa la línea límite que separa ribera y montaña. Siempre se ha tenido en cuenta para determinar a los luchadores de una u otra zona. Por muy pocos metros de distancia, al norte de esta vía, tu tío Chuchi era considerado luchador de montaña. Pronto nos dejamos engullir por ese paisaje de variada hermosura que, nunca igual y siempre bello, domina nuestra montaña leonesa. Pequeñas vegas alternan con exhuberantes muestrarios rocosos. Hoces donde, en estrecha unión, se alojan carretera y río, enclavados entre gigantescos hastiales pétreos; maravillosa obra, realizada por la caprichosa mano de la naturaleza. Envueltos por el silencio de estos espacios naturales, aún incontaminados, nos deleitamos en contemplación de las estampas bucólicas diseminadas por las amplias laderas. Vacas paciendo sin prisa. Vacas rumiando en reposo. Mastines que, como puestos de acuerdo entre sí, estratégicamente situados guardaban las reses. Uno de ellos, más en tono de advertencia que de amenaza, nos lanzó algunos ampulosos ladridos. Fue el único sonido que quebró aquel absoluto silencio. Siguiendo el corredor transversal que parte de las proximidades de Almazara, dejando la cuenca del Torío pasamos a la del Curueño. Sin chauvinismo, una idea vibraba en mis sienes a lo largo del recorrido, que incluyó la subida a Vegarada: -Qué bonita y hermosa es mi tierra. Regresamos del puerto con el anhelo de entrar en Arintero. Yo, desde niño, había sentido gran admiración hacia la figura de La Dama. Siendo muy crío asistí, en mi pueblo, a la representación teatral, realizada por un grupo de La Cándana, de la obra titulada La Dama de Arintero . El personaje me impactó. Los comentarios populares realimentaron mi admiración hacia la valiente señora. Con mi mentalidad infantil, sin capacidad para valorar el tiempo histórico, pensaba que aquellos acontecimientos habían ocurrido hacía muy pocos años. Arintero, dentro de su seductor enclave montañoso, nos pareció un pueblo de gente ausente, hasta que vimos a un hombre que, no sé si entreteniéndose o trabajando, escarbaba entre las frondosas berzas del huerto, en declive, pegado a su casa. -Sí, siempre hemos oído decir que ahí, enfrente, estaba la casa de los padres, nos dijo el hombre con su modo sosegado. Dentro del ángulo que forman la calle principal y otra secundaria, entre vegetación salvaje, todavía se aprecian restos de paredes en trazado trapezoidal, de la que, según esta versión, pudo ser la casa donde nació y de la cual partió la heroína. Cuando inquiríamos con la mirada, a través del basto follaje, los restos ruinosos de la legendaria casa se acercó una mujer. Con amable sencillez nos saludó. Era la esposa del señor del huerto. Ambos parte del reducido grupo de personas que permanece todo el año en el tranquilo pueblo. El tema de conversación la recién llegada no requirió introito alguno. La Dama está presente. El secular manto que la cubre es nítido y transparente. Las citas sobre ella transmiten acercamiento histórico. Los comentarios infunden sensaciones de la baja edad media. Caminamos con la señora hacia la salida del pueblo. -Miren, ahí está el escudo de La Dama, nos dijo. En la fachada de una casa en buen estado vimos el blasón de la gran mujer, erguida en su caballo. Dejamos Arintero en su intimidad, celosamente propiciada por su bello cobijo orográfico. Siguiendo la ruta de La Dama llegamos a La Cándana. Unas señoras sentadas junto a una casa, próxima a la vía principal, en popular tertulia saboreaban el plácido atardecer. Al participarles nuestro interés, una de las mujeres, como si nuestra visita le hubiera sido previamente anunciada, sin dudarlo, se puso en pie. Habló de La Dama con entusiasmo. Sus palabras nos acercaban el personaje, incluso reflejaban vivencia personal respecto a él. -Hace varios años, nosotros, los de La Cándana, representamos, en varios pueblos, la obra de La Dama de Arintero , nos dijo. Gran sorpresa. Me encontraba hablando con quien había formado parte del grupo de actores que, con su representación, había fomentando en mí, con mi corta edad, sentimientos de admiración hacia La Dama. La puesta en escena de la obra fue un éxito. El corral más amplio de La Losilla se encontraba sin espacio para un alfiler. Luego, ya en la calle general -la carretera-, la señora nos mostró dos cosas que exhiben sendos escudos de La Dama. Una de ellas con apariencia de encontrarse más incrustada en la historia; sin embargo fue ante la obra, donde la señora nos dijo: «Ésta era la casa de sus tíos». Es ostensible. El aire que se respira en La Cándana transporta aromas de la Dama. Ella está presente. Sigue siendo actual. Cada vez más aromas de la Dama. Ella está presente. Sigue siendo actual. Cada vez más actual. Los ecos de aquellos vendavales sucesorios de la «feneciente» edad media no se han disipado. Luego le dediqué mi humilde obsequio a la amable mujer que tan atentamente nos había recibido. En el museo del ejército, en Madrid, le dije, está escrito: «Hija de los condes de Arinteros que, en las huestes de los reyes católicos tomó el nombre de caballero de Oliveros. Los reyes católicos publicaron una pragmática por la que todas las familias pudientes habían de entregar al ejército un caballero armado. Al no tener el conde hijos varones, su hija Juana se ofreció para ir a cumplir con el deber patrio, en su lugar, entregándose a los reclutadores con el apellido de Oliveros. Asistió a todos los combates, destacando por su bravura en el mes de marzo de 1476 cuando fue cercada Zamora por los portugueses, en cuya defensa participó como caballero con caballo, con lanza y adarga». Después, en homenaje a La Dama, visitamos su decoroso monumento, inaugurado en el mes de agosto del pasado año, allí donde hubo otro anterior, en el mismo lugar donde fue vilmente asesinada. Al lado de una cruz -qué mejor símbolo para expresar su martirio-, una placa muestra la conmovedora inscripción: Según tradición ininterrumpida, en este campo de la cruz fue vilmente asesinada, en 1476, doña Juana de Arintero, la mujer-soldado conocida como La Dama de Arintero. Una cruz de madera, desaparecida hace años, conmemoró el suceso por siglos. El pueblo de La Cándana dedica esta nueva cruz y placa en memoria de La Dama de Arintero. 13 de agosto de 2006.- Cuando terminé la lectura me quedé estático. Absorto. Sentí honda rabia en medio de una profunda admiración hacia aquella valiente mujer y hacia el pueblo de La Cándana que la ha tratado como predilecta hija adoptiva. Al separarnos del digno monumento, éste quedaba en su más puro entorno rural. Una larga hilera de vacas, con tranquilidad y parsimonia, caminaba por la carretera ante las miradas, de complacencia o tolerancia, mostradas por los automovilistas. Los afamados gallos ofrecían, a pleno pulmón, su espectacular actuación de vísperas. Al partir, con entusiasmo, me sentí impelido a continuar caminando por las rutas, geográfica y literaria, de La Dama. ¿Sabré apreciar, al saciar mi sed a lo largo del camino, la calidad de las aguas sacadas a la superficie por sus diferentes alumbradores?